¿Emisiones de CO2? Tal vez debamos preocuparnos por el nitrógeno

Entre 1910 y 2010 la población mundial ha pasado de 1.600 a 6.700 millones. Buena parte de esos nuevos habitantes no hubieran nacido nunca de no haber sido por la aplicación del nitrógeno a la producción agrícola. No obstante puede que este elemento, el más abundante de la atmósfera, haya empezado a pasar la factura por los servicios realizados, según advierte un reciente artículo en la revista Scientific American. Pero no podemos prescindir del nitrógeno si pretendemos poder seguir alimentando a los 9.000 millones de humanos que poblarán la Tierra en 2050.

En 1909 el químico alemán Fritz Haber logró transformar el gas nitrógeno (que forma, no lo olvidemos, el 78% de nuestra atmósfera) en amoníaco, el ingrediente activo del fertilizante sintético. 20 años después otro alemán, Carl Bosch, halló la manera de aplicar aquel hallazgo a una escala industrial, según describen Alan Townsend y Robert Howarth en el “Arreglando el problema global del nitrógeno”.

Desde entonces la población humana ha crecido exponencialmente, en buena parte gracias a la revolución verde, que burló o, al menos, retrasó la trampa malthusiana de la población. ¿Todo bien? No tan deprisa: el nitrógeno de la atmósfera (N2) es inerte y sus beneficios para la vida en el planeta sólo se liberan cuando sus moléculas se descomponen. Este proceso lo realizan un selecto grupo de bacterias que habitan en la tierra, el agua dulce y salada y las raíces de las plantas leguminosas. Y los humanos, claro, desde el desarrollo de Haber-Bosch.

Pero el nitrógeno liberado también tiene peliagudas contrapartidas medioambientales, según los autores. En concreto, el nitrógeno “es el elemento más promiscuo de la naturaleza, por lo que puede combinar con multitud de elementos para extenderse a grandes distancias (…) A medida que el fertilizante penetra en el océano dispara el crecimiento de plantas microscópicas que, en su descomposición, consumen el oxígeno, generando las llamadas zonas muertas”.

El nitrógeno también influye en el clima. Según el climatólogo Antón Uriarte: “El óxido nitroso emitido por el suelo es un gas invernadero, es decir, calienta el aire, aunque como su concentración es más pequeña que el CO2, su influencia es unas cinco veces menor.” Uriarte es el autor del blog disidente CO2, un gas que “es junto con el agua el factor esencial de la vida orgánica terrestre”. Tal vez alguien debería defender también al nitrógeno.

Otros efectos colaterales apuntados en el artículo de Townsend y Howarth son una mayor incidencia de cáncer entre las personas que beben agua con altos niveles de nitratos, así como una aumento del riesgo de diabetes y Alzheimer. Enfermedades víricas como la malaria o el cólera también aumentan su eficacia en entornos ricos en nitrógeno.

Actualmente estamos fabricando 1.000 millones de toneladas de nitrógeno reactivo cada año, duplicando la capacidad de la naturaleza para realizar el mismo proceso. ¿Cuál es entonces la respuesta, entonces, para poder alimentar a nuestros nietos sin destrozar (un poco más) el planeta? El artículo concluye con una serie de recomendaciones:

“El mundo es capaz de producir más alimentos con menos fertilizantes cambiando las prácticas agrícolas que se han convertido en comunes en una época de fertilizantes abundantes y baratos (…) Entre una cuarta parte y la mitad de la cantidad de fertilizante actualmente utilizada puede producir resultados óptimos en las cosechas. La agricultura de precisión también puede ayudar. Aplicar el fertilizante cerca de las raíces de las plantas sólo en momentos de alta demanda (…) y utilizar los sistemas GPS junto con sensores para refinar los cálculos de cuánto fertilizante requiere una cosecha determinada”.

Por supuesto, también ayudaría bastante empezar a comer un poco mejor.

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Trackback por Bitacoras.com — Febrero 23, 2010 @ 4:48 pm

grandee muy grandeeee el post …

Comentario por alvaro — Febrero 24, 2010 @ 3:09 pm

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