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Cooking Ideas - un blog para alimentar tu mente de ideas

David Cantolla

Conocido sobre todo por su creación Pocoyó, acumula una enorme experiencia en el mundo empresarial y tecnológico. Fundador de la mítica Teknoland o de la recién inaugurada en bolsa Zinkia, participa actualmente en negocios de todo tipo, que van, de marcas de entretenimiento (Vodka Capital) a videojuegos (Bitoon) pasando por el mundo editorial (Ilustrae.com). Un licenciado en Bellas Artes apasionado de la empresa, que disfruta creando y apoyando proyectos a partir de una idea.

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El ser vivo más grande del planeta Tierra

Obsesionado como estoy por saber cuál es mi posición en el Universo me dedico como en Barrio Sésamo a comparar grande con pequeño. Hoy creía haber encontado a la primera el ser vivo más grande. El Armillaria ostoyae, comúnmente conocido como Seta de la Miel, es un hongo saprofito, o sea, que obtiene su energía de materia orgánica muerta o de desechos de otros seres vivos. Su micelio, parte de su cuerpo, es una masa de filamentos negros que atraviesa grandes distancias alimentándose de los tejidos de los árboles. Un hongo de este tipo, con un peso de 605 toneladas (6 locomotoras de la serie Renfe 321) 8,9 km² de área (aproximadamente 80 campos de fútbol) y 2400 años de antigüedad (la edad que tendría hoy Aristóteles) se dedica a comer savia de conifera en el Parque Ncional de Malheur en las Montañas Azules del este de Oregón. Parecía suficientemente grande, ¿verdad?

Pues no tanto. El Populus tremuloides,o álamo temblón, es un árbol capaz de propagarse a través de sus raices. De una sola madre pueden brotar miles de árboles que comparten una misma raiz en lo que se llaman colonias clonales. Como todos los fustes de una colonia clonal son parte de un mismo organismo, una de ellas localizada en Utah y denominada Pando, (del latín “yo esparzo”) es considerada el más gigantesco y más viejo organismo viviente con 6.000 toneladas (139 Boing 747-400), 43 hectáreas de tamaño superficie (43 campos de futbol) y aproximadamente 80.000 años de antigüedad (época de la crisis de los neandertales).

Asi que cuando veas una ballena azul, si es que la ves, (25 o 30 veces más grande que tú) piensa que aunque bastante pesada, 200  toneladas (algo así como un dumper Caterpillar 797), es solamente uno más de esos pequeños y jóvenes organismos vivos que paseamos por este planeta.

explosión nuclear en Atolon Bikini

Bombas atómicas, pecios y tiburones mutantes

En 1996 Atolon Bikini abrió sus puertas al turismo. Desde entonces solo algunos privilegiados han podido sumergirse en su laguna interior donde hay más de 100 barcos de guerra hundidos. Los que lo han probado dicen que es una de las experiencias más increíbles en el mundo del buceo, rodeados de historia, de restos de radiación y de tiburones. Las islas Bikini fueron el escenario de al menos 20 pruebas nucleares entre 1946 y 1954 (entre ellas la primera de una bomba de hidrogeno). “Able” con una potencia  similar a 50.000 toneladas de dinamita y detonada a 150 metros de altura, tiene el honor de ser la primera bomba atómica que explotó en el atolón (la sexta en la historia de este planeta).

La operacion Crossroad se llevó por delante barcos muy importantes como el Nagato, el barco bandera de la flota japonesa que atacó Pearl Harbour, el  Arkansas, el Carlisie, el Lamson o el USS Saratoga el primer portaaviones americano, más grande que el Titanic y que hoy yace en el fondo a más de 50 metros de profundidad. Sin duda debe ser todo un espectáculo bucear allí, buceo de alto riesgo, si te metes en uno de esos barcos a esa profundidad y te pasa cualquier cosa…es poco probable que tengas tiempo de salir… Algunos hablan de tiburones de 8 metros y dos cabezas y de terribles secretos desaparecidos con los barcos.

En aquellas pruebas, se hundieron acorazados, destructores, portaviones y submarinos pero también directa e indirectamente se hicieron tests sobre el efecto de la radiación en los 42.000 seres humanos que fueron testigos de las mismas. Algunos de ellos contaban como al acercarse a la “zona cero” de las explosiones, la arena de la playa se habia convertido en cristal y que llovían gotas de coral radiactivo 15 minutos después de estallar la bomba. Esta es una tarjeta donde se le confirma al marinero Victor J. Patoiak que participó en los test de las bombas y que se puso ciego de rayos gamma.

El atolón ermaneció deshabitado hasta el año 68, y entonces, durante 10 años se permitió a los antiguos habitantes volver a instalarse en las islas…siempre que no comieran cocos (en serio). En 1978 las pruebas de radioactividad indicaron un nivel de Cesio y Estroncio radiactivo demasiado alto y por segunda vez se volvió a repatriar a los “recien llegados” habitantes a la cercana isla de Kilie y asi, deshabitadas de nuevo, permanecieron otros 18 años.

Después de 13 años abiertas al público, el año pasado las islas volvieron a cerrarse al turismo, esta vez definitivamente, debido a los problemas por la subida de precios del petroleo de la aerolinea Air Marshall Island que es la que opera en esa zona. Cocos radiactivos, tiburones de dos cabezas y barcos fantasmas pasaran solos un montón de años más. La buena noticia es que la radioactividad va desapareciendo y que 100 años no es mucho para este planeta, que puede con casi todas las burradas que le hacemos.

Ilustrae

 

 

El mejor de los caminos

Cuando tenía 7 u 8 años, mi padre me contaba historias de sus viajes por el mundo. En una ocasión hace mas de tres décadas, me contó que había un lugar en América con submarinos y barcos antiguos, con castillos y trenes que flotaban y ratones del tamaño de un hombre, donde podías comer sin parar todo tipo de dulces y donde vivían los personajes de los cuentos. De pequeño soñaba con sitios así. Hace 30 años no había vuelos de esos que por 40 euros te dejan atravesar Europa. Salir de España era para mi, casi tan increíble como viajar a otro planeta. No lo consegui hasta los 21 años. El primer verano que tuve un poco de dinero decidí irme lo más lejos posible. Ya sabes, coges un globo terraqueo, cierras los ojos, le das un par de vueltas, y decides irte alla donde salga.

Seguro que a ti también te ha ocurrido algo parecido. Tienes tantas ganas de ir a un lugar que se convierte en una obsesión. Te han contado cosas alucinantes, tal vez que es el único monumento que se ve desde el cielo o que son triángulos gigantes hechos de bloques de piedra que sólo han podido colocar así los extraterrestres, qué más da, te has cansado de repetirte a ti mismo, “algún día lo veré con mis propios ojos”. Te has imaginado tantas veces en ese sitio que ya forma parte de ti.

A lo mejor te ha pasado como a mi, que aunque sabes que es un mala idea (porque en el fondo de tu corazón lo sabes), decides apuntarte a un viaje con una pareja de amigos a los que no conoces demasiado bien pero que también sueñan con visitar ese maravilloso lugar al otro lado del mundo. Y te sumas con ellos y con tres o cuatro personas más con intereses, ritmos y valores diferentes a ese viaje, porque por alguna razón compartir el destino parece dar sentido al grupo. Y entonces avanzas en plan: taxi, maletas, avión, autobús, hotel, ducha, comida, compras, más autobús, más maletas, etc, mientras que la convivencia se va haciendo día a día más dura porque: “esta tia es insoportable y su novio un pedante”, o “este es sencillamente un pesado, y aquel demasiado rata”.

Pues mira, al final, ya has llegado, ya estás donde querías y ahora, un par de fotos más y un único pensamiento: “por Dios, que esto se acabe”. Sólo piensas en el momento de la despedida en el aeropuerto de Barajas. En lo maravilloso que será ese violento instante justo antes de coger el taxi a tu casa, donde al separararte de estos tipos, ojalá que para siempre, diras algo como:”bueno, nos vemos un día de estos” y donde tu cuerpo, al ver desaparecer a aquellos con los que una vez creiste ir a tu mayor aventura, se relajara como si le pincharan Orfidal directamente en la aorta.

En el mundo de la empresa igual que aprendí el refrán de “a perro flaco todo son pulgas” aprendí aquel de “se nos atragantó la langosta” y eso es sencillamente lo que ha pasado: demasiado destino para tan poca garganta.

maestro

Los Maestros Inversos

Tuve una vez socio que, como yo, estaba metido en un montón de negocios y que como yo tenía abiertos frentes empresariales por todos lados. Fuera de esa coincidencia, éramos agua y aceite. Diferentes como un huevo y un zapato, no coincidíamos ni en el modelo de compañía, ni en cómo debería ser su cultura, ni en cómo gestionar el equipo humano. Hay cosas que solo las descubres trabajando y si bien no nos iba mal, a mi no me gustaba su forma de ver las empresas y supongo que a él no le gustaba la mía. Diferencias radicales, no digo que ni mejores ni peores. La misión de cada uno de nosotros es pelear por las cosas en las que cree y, al menos en las que yo creía, no coincidíamos en nada.

Un día en una acalorada reunión a costa de esa supuesta hiperactividad mutua me dijo:

“David, creo que no soy una buena influencia para ti”.

Necesité unos segundos para digerir la frase.

En serio: ¿Quién te dice algo así? Es como si quisiera hacerte sentir pequeño por un lado y equivocado por otro. Como en una oferta del Carrefour: dos por el precio de uno.

No me costó responder. Directo a la yugular: “Socio. Influencia en mi vida fue mi padre, así que no te preocupes que tu, ni buena, ni mala”. Y me quedé como un rey.

Pues bien, a pesar de que cuando dije aquello lo sentía, como tantas otras veces en mi vida estaba equivocado.

pollos

Internet, pollos y emociones

¿Has visto alguna vez un escaparate de pollos? Cuando yo era pequeño en mi calle había uno. Siempre que pasaba por delante me quedaba pegado al cristal y me pasaba un buen rato hipnotizado, mirando a aquellos cientos y cientos de pollitos amarillos que piaban amontonados bajo una lámpara de esas que calientan las patatas del McDonalds. No sé si lo que me enganchaba era ver tantos seres vivos concentrados o que todos parecían estar hablando sin parar o simplemente que eran pollos. Jugaba a elegir cuál me llevaría a casa. Cuál era especial y cuál me devolvería el cariño que yo le diera. Lo decidía, lo señalaba y me iba a jugar a otro sitio.

Un día en el escaparate de pollos aparecieron unos cuantos pollos azules y morados. Los habían pintado con un spray. ¡Qué buen método para ayudarme a elegir! Quise un pollo morado, y acabé teniendo uno. Me lo compraron, lo lleve a casa, le di de cenar, y esa misma noche se cayó por la ventana del noveno donde vivía.

Seguí pasando por la tienda, pegándome al cristal y mirándolos piar. Pero nunca más quise volver a señalar ni a tener uno.

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