Buscando el “punto G” en el cerebro
Antes de que sigas leyendo, el “punto G” al que hace referencia este artículo no es ése punto G, sino otro: el llamado “God-spot” o “punto de Dios”, la zona cerebral donde se vivencian las experiencias místicas. Esas experiencias de estados superiores de conciencia son extraordinarias en la vida de una persona, pero su capacidad transformadora es tal que en ellas se halla la fundación de todas las religiones.
Una cuestión que intriga (o enerva) a los científicos es por qué hay 5.000 millones de personas que en pleno siglo XXI creen en Dios y/o practican algún tipo de religión. La respuesta tentativa es que venimos fisiológicamente preparados de serie para experimentar esos estados de conexión espiritual y que el sentimiento religioso tenga sentido evolutivo, generando una fuerte cohesión social en el grupo.
En torno a esta idea giró la conferencia “¿Crea el cerebro espiritualidad?”, dictada por el catedrático Francisco Rubia en Madrid y con la que se cerraba el interesante ciclo de cinco charlas en torno al cerebro y de las que hemos dado cuenta en este mismo blog. Rubia se aproxima al tema con la bata de científico pero lleva por debajo el jersey de filósofo: “La participación mística en el mundo ha sido la regla durante miles de años en los que el hombre ha estado conectado a la Naturaleza”.
La ciencia, de hecho, sigue los pasos de los filósofos y de los místicos para concluir que Dios es una experiencia interna, no un fenómeno externo a la persona. Así, el Bhagavad Gita, dice que “Dios habita en el corazón de todos los hombres”; el budismo afirma que “todo ser humano es un Buda en potencia” y San Agustín enseña que “el Reino de Dios está dentro de ti. No busques fuera”, entre algunos de los ejemplos dados por el catedrático (para una recopilación más exhaustiva de los puntos en común entre las distintas enseñanzas espirituales recomiendo “La filosofía perenne”, de Aldous Huxley).
Ciñéndonos a la fisiología de la experiencia mística, cuyas características esenciales están resumidas arriba, el “punto G” parece residir en el lóbulo temporal del cerebro, más concretamente en la amígdala. Michael Persinger inventó en 1983 un casco (“el casco de Dios”) que estimulaba electromagnéticamente esta área del cerebro y logró provocar la sensación de presencias en el 80% de los sujetos experimentados. Curiosamente, según relató Rubia, estas presencias elevadas se correspondían en cada sujeto con su bagaje cultural: así, los musulmanes experimentaban a Mahoma mientras los indios sentían a Manitú o los cristianos a Jesús.
Más allá de la controvertida validez científica del “casco de Dios” parece que la privación de referencias sensoriales provoca el éxtasis, como le sucedía a San Antonio en sus retiros al desierto. Pero “el éxtasis es también una sensación de estrés. El cerebro produce endorfinas, analgésicos naturales, para paliar ese estrés, lo que explica que tras una experiencia mística el sujeto tienda a perseguirla de nuevo”.
La parte científica del orador se puso de manifiesto cuando dudó de la capacidad de la experiencia mística para generar nueva información, en tanto “los místicos no han hecho avanzar la ciencia”. Rubia cae aquí en un error de categoría, pues igual que la ciencia sigue sin tener una respuesta definitiva de la experiencia religiosa, la espiritualidad no puede ni debe crear conocimiento: es otra categoría, como bien ha explicado Ken Wilber en libros como “Una teoría de Todo”.
Más sobre Francisco Ruiba y el cerebro:
-“La voluntad consciente no es más que otra ficción cerebral”.
-“¿Crea el cerebro la realidad? Respuesta provisional: sí”.
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[...] entre el acto de lavarse las manos y la expiación de la culpa tiene un fuerte arraigo en diversas religiones, incluido el cristianismo. El agua sirve para “borrar” el pecado original del recién nacido en [...]
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interesante… pero no podria haber otra perspectiva que en vez de preguntarse: ¿Crea el cerebro espiritualidad? sea: ¿Crea la espiritualidad al cerebro?
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