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El secreto del éxito

Para que este post te resulte emocionante de verdad y quieras leerlo hasta el final déjame decirte que en las últimas líneas lleva escrito el auténtico secreto de la sabiduría. Por supuesto tienes la opción de saltártelo e ir directamente al desenlace. Aprendes el truco y ya está. Sencillo. Se trata solo de ponerlo en práctica y el éxito total en la vida está asegurado. Si tienes algo más de paciencia y quieres un poco más de suspense antes de llegar a la sabiduría definitiva y si, además, te apetece escuchar alguna de mis batallitas, déjame entonces que empecemos hablando del ingrediente principal para conseguir triunfar en la empresa o en la vida: las decisiones.

Está claro que el éxito de cualquier proyecto empresarial o vital se deriva directamente de las decisiones que vamos tomando, que pueden tener más o menos intensidad y que pueden ser de infinidad de tipos. El problema es que las importantes no son simples, no son del tipo: “compro pollo porque voy a cocinar pollo”, y en el proceso de tomarlas necesitamos combinar de manera natural y dependiendo de cada caso, lógica, justicia, experiencia, empatía, conocimiento y aunque parezca mentira “estética”.

Antes de daros el secreto del éxito me gustaría contaros algo que me pasó hace 20 años y que siempre me recuerda esta “estética de las decisiones”. Aunque la verdad es que la mayoría de nuestras resoluciones en el día a día no son dramáticas y esta es un poco intensa, me gusta porque en los límites estas situaciones se vuelven muy gráficas.

En los años en los que trabajé en California, en la Josefina Fish Company, uno de los trabajos que hice más a menudo era el de “tender”. Se trataba de soltar “manguera” a los buzos que recogían el erizo bajo el agua, de vigilar el compresor de aire para que no se asfixiaran, de sacar las cestas una vez que estaban llenas de erizo y de estar atento a las contingencias que pudieran pasar tipo: otro barco en el área que pasara por encima del submarinista, problemas con el ancla o algún que otro monstruo marino. Para que entendáis como es una erizera, podría decir que es básicamente una superficie de carga de ocho o diez metros, con un habitáculo con la cabina en la parte trasera y dos motores bestiales justo detrás. Una especia de L puesta de lado, un artefacto desproporcionado. Entre nosotros, y por mas cariño que aquellos pescadores les puedan tener a sus embarcaciones, uno de los barcos más feos que podáis imaginar.

Cinco días a la semana vivía en uno de ellos con Andrés, un tipo simpático pero duro como el acero y que aun hoy, con sesenta y cuatro años, sigue buceando cinco horas diarias en aguas heladas. Andrés era el capitán y buzo del “Josefina”, mi casa durante algunos meses. En un cubículo de dos metros y medio de largo por uno de ancho me tocaba subsistir  naranja como un “ganchito”, sin poder ducharme, durmiendo, viajando, comiendo y trabajando.

Un día volvíamos bastante contentos. El barco iba hasta arriba de erizo pero como había mucho mar se manejaba regular. A unas cuatro millas de nuestro destino, la bahía donde dormiamos, nos encontramos con un fenómeno natural realmente impresionante. Por la zona por donde pasábamos el suelo del fondo de golpe se elevaba muchos metros y la fuerza de la corriente que bajaba en dirección contraria a nosotros hacía que se levantaran unas olas monstruosas. Cuando digo monstruosas no lo eran por amenazantes, aquellas olas no rompían, eran simplemente muros como casas de cinco pisos que se acercaban a gran velocidad y que, aparentemente, nos podían hacer volcar con facilidad. Aquello era como una especie de montaña rusa. Subíamos y subíamos la ola y caíamos por su lado, casi en vertical, directos a un mundo de oscuridad. Hacía buen día cuando estábamos arriba y era casi de noche en el valle de la ola. Os aseguro que es una de las cosas mas impresionantes que he visto en mi vida. Miraba por la ventanilla y no veía el cielo, solo una pared de agua negra sin fin. Andrés en estado de absoluta concentración fue pasándolas una tras otra, levantando dos metros de proa en la cresta y hundiéndola después en el valle. No se si fueron veinte o treinta, pero aquello se me hizo eterno. Estaba claro que con el agua a nueve grados, si nos poníamos boca abajo lo íbamos a pasar francamente mal.

Llegamos a la bahía de Cuyler casi en silencio.

-Andrés, esto ha sido muy peligroso, ¿verdad?

-Peligroso es poco. Puedes jurar que ha pasado cerca. Pocas veces he visto algo así y llevo muchos años.

-¿Y si hubiéramos volcado? ¿qué habríamos hecho?- le pregunté.

-Yo ponerme el traje y nadar hasta la costa o resistir hasta el rescate.

-Querrás decir: ponerte la parte de arriba del traje. Yo me pondría la otra parte ¿no? – digo con media sonrisa.

-David, para que nos muramos los dos, te mueres tú solo.

No quiero saber si hablaba o no en serio. Su decisión no era descabellada y estaba entre las cuatro posibles. La lógica: la que él proponía. La empática: medio traje para cada uno y a ver quién se salva. La justa: rifar el traje. Y por último, la estética: la que engloba los conceptos anteriores, la que tiene que ver con los valores de la grandeza del ser humano, con la generosidad y el sacrifico… ¡¡¡que me diera el traje a mi!!!

Lo curioso es que al final, estética por estética, yo le hubiera cedido despues el traje a él y hubiéramos acabado en la decisión justa: sorteándolo

La bondad o la maldad de las decisiones podemos juzgarla por el resultado y por el número de personas a las que benefician o perjudican. Otra de las formas que utilizamos para valorar si es buena o mala es si nos hace sentir bien o si nos hace sentir mal, es decir, criterios meramente personales. En función de esto anterior podremos determinar que existen decisiones emocionalmente buenas y que perjudican a más personas de a las que beneficia y decisiones racionalmente buenas, pero que emocionalmente son una píldora difícil de tragar. ¿Cómo podríamos definir lo que me proponía Andres? Era una buena decisión: si. Era una decisión razonable: si. Lógica: posiblemente. Pero… ¿era empática? ¿era justa? ¿era, en definitiva, estética? Me refiero a algo que va más allá de un aspecto físico, hablo de algo que engloba las características anteriores. Algo que, como en los juegos de rol, suma un +20 a cualquier cosa que hagamos.

Bueno, justo y bello. Platón hablaba de ellas como ideas separadas pero conectadas. La decisión perfecta ¡casi nada! Es posible que sea utópica porque se me ocurren muchos casos donde esos tres conceptos pueden actuar por separado pero, muchas más veces de las que pensamos, tomamos decisiones lógicas y se nos olvida que, con un poco más de esfuerzo, además de lógicas podrían ser bellas, y eso las haría doblemente buenas.

Cuando, como emprendedor, te lanzas a crear tu empresa te conviertes de forma inmediata en un decisor, el encargado de llevar el barco a buen puerto eligiendo el camino correcto en la “encrucijada de los posibles”. Tienes de pronto el poder de crear nuevos escenarios y situaciones que podrían no haberse producido sin tu intervención. Tomar decisiones es a largo plazo tu tarea más importante y aunque deban responder a necesidades concretas de tu proyecto, recuerda que el 99% de las veces hay una forma de sumarle belleza a cada una de ellas y hacerlas mejores.

Así que después de esto ya puedo cumplir lo prometido. Aquí lo tenéis, condensado en una frase llena de sabiduría de la antigua china.

¿Cuál es el secreto del éxito?

El secreto del éxito es tomar las decisiones….buenas.

http://twitter.com/DavidCantolla. Foto: Andrés en el Josefina II, 2007, San Miguel, CA

Comentarios: 7

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Trackback Bitacoras.com | marzo 5, 2010 | 3:38 am

Buenas, justas y bellas :) habrá que hacer un formulario con un check box como el post-it pero para autoevaluarnos. Muchas gracias

Comentario Sara | marzo 5, 2010 | 9:48 am

Lo bien hecho bien parece. El café del viernes por la mañana no es lo mismo sin leerte.

J.

Comentario Jose Carlos León | marzo 5, 2010 | 1:46 pm

“Querrás decir: ponerte la parte de arriba del traje. Yo me pondría la otra parte ¿no? – digo con media sonrisa”. En este caso es mejor la parte de arriba que te cubre los órganos vitales . Nos gustó el post. Los buzos, con el tiempo, pasan algún que otro apuro. Los buenos buzos saben mantener ese instante de crisis, produciendo una calma extraña, con la conciencia de no errar en la decisión, con la total seguridad de que en el último segundo está la solución. Saludos. GPS Buceo

Comentario GPS Buceo | marzo 5, 2010 | 7:06 pm

He seguido tu consejo inicial, decisor. Y por doblemente bello, leo otro escrito bueno. En situaciones con mar de fondo y a pesar de los inevitables “qué hago yo aquí” o “quien me mandaría a mi”, agarrándome a un pelo ardiendo he cofiado en la ingeniería del barco. Por más que escore subiendo y bajando paredes de agua, no va a volcar. Al igual que buceando aprendí que tienes que hacer muchas cosas mal para que te pase algo grave. Y está claro que el que no se embarca, no se marea, hablando de emprender. Gracias majo.

Comentario ZeliaBlue | marzo 6, 2010 | 2:36 am

[...] por: David Cantolla en Cookingideas Categories: Reflexiones Tags: el secreto del exito, empatia, empresa, erizos de mar, estetica, [...]

Pingback El secreto del éxito « Mundoloko.es | marzo 6, 2010 | 11:25 pm

D, como siempre inspirador y relevante. Yo añadiría una faceta a las decisiones para ser buenas (rapidez y ejecutiva…)

imaginare estar pensando en la decisión (sobre-analizando) en las olas

Comentario Francisco L | marzo 8, 2010 | 12:42 pm

Lo siento, el formulario de comentarios está cerrado en este momento.

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