Hace un par de meses se halló en Madagascar la última especie de mamífero descubierta, la mangosta de Durrell (salanoia durrelli), nombrada en honor al naturalista Gerald Durrell, autor de la celebérrima “Mi familia y otros animales”. El pequeño animal carnívoro es una de las 400 especies de mamíferos descubiertas en los últimos seis años, desde la publicación en 2005 del último catálogo de mamíferos, que entonces ascendía a 5.400 especies.
Resulta paradójico que la llamada “edad de oro de los descubrimientos” (como la llamó The New York Times) sea en realidad “el final de la cuenta atrás”, pues: 1. Cada vez hay menos especies nuevas que descubrir y 2. La mayoría de las que vamos descubriendo ya están en serio peligro de extinción. Un estudio de 2007 [.pdf] mostró que el número de especies de mamíferos descubiertos por cada década tocó fondo a mediados del siglo XX (tras sendos picos a principios del XIX y el XX) y remontó tímidamente en las últimas dos décadas.
Samuel Arbesman, de la Universidad de Harvard, comparó las cifras del citado estudio con otros dos campos de la ciencia totalmente alejados: el descubrimiento de asteroides y el hallazgo de nuevos elementos químicos. La conclusión es que todos ellos seguían una misma tendencia: cada vez son necesarios mayores equipos, mayores presupuestos y más trabajo interdisciplinar para conseguir nuevos descubrimientos. En palabras de Jonah Lehrer, “la ciencia se está poniendo cada vez más difícil”.
El caso de los asteroides es particularmente significativo. En 1850 los científicos que tenían acceso a los (escasos) telescopios de la época descubrían asteroides de un diámetro medio de 400 kilómetros. En 1950 todos los grandes asteroides ya habían sido descubiertos, así que el tamaño medio había descendido hasta 16 kilómetros. En 2000 esta cifra se había reducido más aún: los asteroides tenían un diámetro medio de 1,6 kilómetros.
Las consecuencias prácticas de todo esto no son anecdóticas sino que impactan directamente en nuestro modo de vida y, ¡ay!, en el de nuestros (vuestros) hijos: el economista Tyler Cowen se plantea en su último libro “The Great Stagnation” (“El gran estancamiento”) que la mayoría de las grandes aportaciones tecnológicas a la vida cotidiana ya están inventadas y que el fenomenal crecimiento económico y de nivel de vida que tuvimos durante el siglo XX toca a su fin porque ya hay poco que rascar y casi nada que inventar.
Visto en The Wall Street Journal y The Economist, vía Ricardo Estalmán (Barrapunto).
“Cuantificando la facilidad de los descubrimientos científicos” [.pdf], de Samuel Arbesman.
En otro orden de cosas:
-Mis diez “soluciones de baja tecnología” favoritas.
-30 inventos necios, inútiles y (principalmente) americanos.
Información Bitacoras.com…
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Eso decían en las oficinas de pantentes, “todo esta inventado ya” en el siglo XIX
Por otro lado piensa que, una vez que consigamos dar un salto tecnológico suficiente como para explorar otros mundos de una manera más precisa esta tendencia no sólo dejará de disminuir sino que por el contrario se multiplicará. Si conseguimos poner una sonda en otro sistema solar u otra galaxia, incluso, algún día, imagina todo lo que se podría descubrir in situ, no sólo basándonos en imágenes y frecuencias, sino con pruebas de campo. Vamos, que tiene que haber un renacimiento del descubrimiento en un futuro, si es que conseguimos llegar a ese día.
Criticar a un inventor sin ser inventor, es como criticar a un pescador sin haber visto nunca el mar. No hay inventos malos, solo ideas que aun no han sido aprovechadas. Ejemplo: el pegamento del post-it, que era un fiasco, y mira, el pegamento más rentable del mundo.
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