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El eterno dilema de la productividad y el entretenimiento «digital» en el trabajo

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  • 11.05.2010 |
  • 08:21 h.

¿Cómo afecta nuestra vida digital a la productividad en los entornos de laborales? ¿Son las redes sociales y otro tipo de servicios y software una bendición o una maldición en los entornos de empresa? ¿Deberían ser el buscaminas y el solitario fulminados de todo equipo informático? ¿Qué hacer con Facebook, Twitter y otras redes sociales en la oficina? ¿Es cierto que la gente usa todo eso que está en Internet «para trabajar» o es una mera excusa?

A lo largo de las últimas décadas he vivido largos debates sobre estos temas en todo tipo de organizaciones, tanto como pequeñas empresas y desde todos los puntos de vista: desde el del currante al del jefe de equipo o responsable de la empresa. Últimamente el implacable crecimiento del tiempo que la gente dedica cada día a Facebook, que ya se mide en horas más que en minutos, vuelve a hacer surgir el tema. Este mismo mes, en Wired, Brendan Koerner se ha atrevido incluso a titular una columna Cómo Twitter y Facebook nos hacen más productivos, echando leña y enervando probablemente a los tradicionales jefes que de dirigir empresas tal vez sepan algo pero de verdadera productividad más bien poco.

El problema tampoco es nuevo: en la era a. F. la gente se «distraía» en las oficinas no chateando en Facebook, sino haciendo Sudokus o enviando mensajitos SMS; tal vez no tenían una cuenta de Twitter o un blog, pero usaban el teléfono para llamar a la novia o los amigos; y cómo no, las revistas y los crucigramas siempre han estado a mano incluso antes de la llegada de las computadoras a las mesas. Quien quiere perder el tiempo tiene mil formas de perderlo, así que tampoco parece cosa de echarle la culpa a nuevas formas digitales y más avanzadas y complejas de «perderlo». Vagos y malos trabajadores ha habido siempre.

Quienes consideran que este tipo de actividades no son necesariamente una pérdida de tiempo, como Koerner, aducen un montón de razones, desde las más simples a las más complejas: que en los procesos creativos la variación y diversidad es importante, que estar expuesto a nuevas cosas es vital para aprender a establecer relaciones, que llegue la inspiración y cruzar y comprobar ideas, que es necesario dejar volar la imaginación, que a veces la colmena social puede pensar más que el mero individuo… hasta podría recordarse el dicho aquel de que «en cualquier trabajo se fuma…» Por desgracia estos argumentos son difíciles de meter en algunas cabezas de educación empresarial tradicional y qué duda cabe de que en trabajos «no-creativos» son más complicados de justificar.

Personalmente he tenido la gran suerte de que todos mis trabajos han tenido siempre ese componente creativo y de descubrimiento, tanto para mi como para mi equipo. Como trabajador he observado en primera persona lo importante que es ciertamente ese «estar expuesto» a cosas nuevas, poder aprender, investigar y descubrir (aunque los jefes no lo entiendan). Y como responsable de un equipo he estado encantado de tener gente «entretenida» de vez en cuando en crear o mantener blogs, participar en foros y redes sociales y aprender nuevas herramientas. Todo ese tiempo dedicado a investigar, probar, distraerse, comunicar y aprender acaba pagándose con creces a sí mismo a en el futuro. Creo que es preferible que cuando llega el momento de lanzar un nuevo proyecto alguien haya vivido en primera persona lo que es el microblogging, cómo se para a un troll, de dónde puede surgir un meme o dónde están las mejores fuentes para escribir un artículo genial y bien documentado.

Entre las cosas tristes que también me han tocado vivir laboralmente también se incluye el haber estado en medio del fuego cruzado entre jefes y trabajadores genuinamente vagos. Mi experiencia al respecto es triste: casi siempre se cae en dos tópicos:

El primero de ellos es que paguen justos por pecadores: mensajes de «prohibiciones diversas» que llegan desde la dirección, servicios «capados» por el equipo técnico por orden del gran jefe, prohibición del teletrabajo, amenazas más menos veladas… Quienes toman estas decisiones tan radicales parecen sufrir además de una extraña cobardía como efecto colateral: aunque se les justifique que la «distracción» es para muchos trabajadores una herramienta de trabajo, o una fuente de creatividad, prefieren quitársela a todos sin castigar al vago redomado, que muchas veces también existe. Cuando se les piden nombres para diferenciar a justos de pecadores no saben quiénes son los que hacen mal uso de las herramientas; cuando lo saben ni siquiera toman medidas. Es como cortar todas las llamadas internacionales telefónicas porque alguien llamó cuarenta veces a su novio en Japón pero cuando se comprueba quién es no se le dice nada (si acaso, «se le da un toque»), no se le despide… pero las comunicaciones permanecen cortadas para el resto.

El segundo de ellos es el concepto de responsabilidad. Siempre he creído en los trabajos con horarios y formas de trabajo flexibles en los que a la gente se le pide que completen sus quehaceres con responsabilidad, y no bajo el látigo de la «tarjeta de fichar». No creo que merezca la pena estar en un proyecto en el que no se cuente con ese concepto de responsabilidad como ambiente general de trabajo, y hay mil formas de saber si funciona o no. Sin embargo, esa responsabilidad es incompatible con limitar las herramientas, servicios o aplicaciones que alguien puede usar, o en cuáles puede pasar más o menos tiempo durante el día. Al igual que en el caso anterior, los vagos redomados existen, pero aquí su comportamiento irresponsable y el incumplimiento de sus tareas, objetivos o fracasar en el trabajo en equipo es algo fácil de detectar. La solución es apartarlos del proyecto, pero tristemente cuando alguien se comporta así suele suceder más bien lo primero: que paguen justos por pecadores y que en vez de por responsabilidad se vuelva al trabajo estilo fábrica.

Mi experiencia es que las herramientas en sí no son necesariamente ni buenas ni malas: no siempre minan necesariamente la productividad; a veces estimulan la creatividad y a otras veces no, para algunos serán algo positivo y para otros una forma de matar el tiempo. Lo que creo que hay es gente responsable y gente irresponsable, supervisada por jefes incomprensivos y de ideas fijas o por otros capaces de entender las sutilezas y complejidades de la vida digital. Tal vez sea mejor tener a una brillante estrella en el equipo capaz de hacer magia con su código, sus diseños o lo que escribe –aunque a ratos esté dando de comer a las gallinas en su granja de Facebook– a tener a un montón de robots obedientes que lleguen, fichen y que ante cualquier cambio relevante en el escenario creativo o competitivo de la empresa sólo actúen como máquinas: estropeándose o dando un «pantallazo azul de la muerte».

(Foto: The real impact of social networking while at work (CC) Yandle.)

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Trackback Bitacoras.com | mayo 11, 2010 | 8:06 am

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