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Cobrar por las bolsas en los supermercados funciona (y no solo porque seamos tacaños)

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El olvido suele ser frecuente. Bajar al súper para hacer la compra y justo al pasar el portillo metálico para agarrar el carrito, te acuerdas: te has dejado en casa las bolsas de rafia y vas a tener que desembolsar unos céntimos de más para llevarte a casa los bártulos.

Hace unos años esto no era un problema. De hecho, pocas grandes superficies cobraban por las bolsas de plástico, pero la conciencia por la ecología y el ahorro ha ido calando en tiendas y consumidores y, hoy, raro es el mercado en el que las bolsas salgan gratis. Son cinco céntimos, pero aparte de tener que pagar por algo que antes era gratis, en la conciencia de los consumidores se va haciendo fuerte la idea de que, si no se llevan las aparatosas bolsas de casa, están haciendo algo mal. Un tufillo de irresponsabilidad.

Al menos eso es lo que concluye un estudio realizado por la Universidad de Buenos Aires y publicado en el Journal of Environmental Psychology en el que se llega a la conclusión de que cobrar por las bolsas en el súper conlleva “cambios en el comportamiento y no sólo por el precio, sino por procesos que tienen que ver con el medio ambiente», según explica en una entrevista, Adriana Jakovcevic, directora del proyecto.

Los investigadores centran su estudio de campo en Buenos Aires, donde la medida de cobrar por las bolsas se implantó durante 2012 en diferentes momentos y no en todos los supermercados. Algo parecido a lo que ocurrió en España cuando hubo grandes superficies que lo hicieron por su cuenta y riesgo, y hubo comunidades autónomas que quisieron adoptar políticas verdes antes que otras.

Con estas premisas, el grupo de psicólogos no tuvo que diseñar ningún trabajo de campo, sino que aprovecharon el contexto. Allá donde la medida se implantó – en los barrios centrales de Buenos Aires – comprobaron que la gente, en vez de pagar, comenzó a llevar bolsas de casa. Donde se comenzó a cobrar más tarde – en la periferia -, los consumidores se mostraban reticentes tanto a llevar la bolsa como a pagar, pero poco a poco iban entrando en la dinámica de llevar su propio capazo o carrito.

Después se preguntaron la razón: ¿pesaban más los cinco céntimos por el trozo de plástico o había calado la conciencia ecologista?

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Lo primero que afirman es que a mucha gente no le gusta la medida, pero aún así llevan sus bolsas de casa. Personas que piensan que es un engorro, sin más. Pero después comprobaron que la mayoría de consumidores indicaban que llevaban la bolsa con gusto, como medida ecologista. Para proteger el medio ambiente.

Lo que viene a discutir el artículo es que medidas disuasorias como cobrar por una bolsa lo sean tanto. El usuario incorpora en su comportamiento el discurso de fondo: no podemos gastar tantas bolsas de plástico porque es dañino para el futuro del planeta. Lo asumen sin producirse un paso intermedio o un, quizás, comprensible cabreo por tener que pagar: los compradores hacían suyo el nuevo hábito de llevar las bolsas desde casa.

Así que, de cinco en cinco céntimos, se puede marcar una gran diferencia en la lucha contra la contaminación. El Reino Unido, por ejemplo, está implantando la medida este mismo otoño.

Falta conocer los resultados de otros estudios sobre medidas disuasorias que parecen no tener tan buena recepción, como los parquímetros en las grandes ciudades. Tal vez ir a comprar con la bolsa de tela, y encima en bici, todavía nos cuesta demasiado. Poco a poco.

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Con información de The Washington Post y Journal of Enviromental Psychology

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