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Cómo entender los derechos de autor, mejor

Ya sé que hablar de derechos de autor, es mentar al demonio. Y sin embargo, insisto porque creo que el debate casi nunca es completo y objetivo, y en casi todas las posturas que leo encuentro intoxicación de algún tipo. Probablemente el lector piense que yo también tengo una visión sesgada del asunto, pero trataré de explicarme lo mejor posible, y escuchar después vuestros alegatos.
Partiré del mismo título para situar el resto del post. Por «entender los derechos de autor mejor» me refiero a entender mejor qué son y cómo se pueden defender también mejor. Porque creo que es posible.
Para empezar, creo que los derechos del autor son de justicia, pero no irrenunciables. Quiero decir con esto, que nadie puede quitarle sus derechos al autor, porque son básicos para su vida, pero él o ella sí pueden renunciar voluntariamente. Y esa es la clave, amigos…Antes de que empiece nadie a ponerle cara mentalmente a la figura del «autor», quiero llamar la atención sobre un fenómeno del que empieza a hablarse. Hoy, en la web social, autores somos o podemos serlo, todos. Tú también. Bastará con que escribas un comentario a este post para que te conviertas en autor. Tus pensamientos, tus ideas, tus experiencias, tus argumentos a favor en contra son una obra tuya. Después de muchos años gestionando comentarios de lectores, os aseguro que en muchas ocasiones son tan valiosos o más que el post original. Y supongo que a la mayoría de vosotros no os haría gracias que alguien los usara como si fueran suyos. Y no sólo para apuntarse la autoría, lo que tendía una censura moral. Imagina que usa esos contenidos con fines comerciales, que los usa en un informe que vende a un cliente, que los incluye en un artículo que publica cobrando, o cualquier otro uso lucrativo de TUS ideas, consideradas así como obras… ¿te parece hipotético? Pues hay verdaderos debates en la red sobre la autoría de los tuits o sobre contenidos copiados sin permiso de blogs.
Ahora imagina que ese contenido, lo ha generado alguien que se dedica a ello profesionalmente y espera que sea su medio de vida. ¿Sigues creyendo que los derechos de autor no son aceptables?
Copyright: la palabra maldita.
Hasta ahora, en el mundo antiguo pre-digital el sistema de protección de esos derechos se llamaba, única y exclusivamente copyright. Y en su nombre, se han atrincherado quienes defienden las posturas más cerradas de la industria cultural. Para ser claros y que nadie me acuse de nada: la SGAE y otras entidades similares lo invocan como argumento recaudatorio, y los defensores de las descargas libres lo usan en sentido contrario como enemigo a batir. Yo creo que ambos están, con perdón, algo equivocados. Hay un punto medio. Tiene que haberlo.

Que el Copyright esté obsoleto en cuanto a plazos y restricciones, y las entidades de gestión sean opacas y sospechosas cuando menos de prácticas [ponga ud. aquí el adjetivo] es una cosa que creo firmemente. Tanto como que el arte y la cultura puede ser un producto sin prostituirse, y que los autores tienen derecho a decidir cuánto quieren ganar con sus obras, ofreciéndolo a un mercado que decidirá su valor, como cualquier otro.

Creative Commons, el derecho real del autor.
Y claro que existe ese punto medio, pero es un enorme desconocido. Se llama Creative Commons, y no es otra cosa que un copyright en manos del autor, no de los demás. Porque cuando otorgas a una obra una licencia Creative Commons, no estás diciendo que sea barra libre. Estás diciendo que la obra es tuya, y que tú decides cómo la compartes. Y esa forma de compartir, puede ser «ahí la dejo, haz lo que te parezca con ella» o «puedes escucharla tantas veces como quieras y copiarla, pero nada más. No puedes modificarla y no puedes compartirla con nadie sin mi permiso». Entre una y otra opción, todos los escalones.
Incluso, y esto no lo sabe la mayoría, puedes utilizar una licencia Creative Commons Comercial. Es decir, cobrando por su uso. Igual que con el copyright. ¿Por qué no? La cuestión, y vuelvo a lo de antes, es que el autor debería ser el único que pudiera decidir cuándo se usa su obra con fines comerciales. Porque la leyenda negra urbana de que nos cobran cada vez que escuchamos una canción o la cantamos en la ducha es muy efectista, pero irreal. El copyright se aplica cuando alguien obtiene un beneficio por la reproducción de esa obra. Por ambientar una discoteca en la que se gana dinero por ello, por poner música de baile en una boda en la que se cobra por ella, por usarla en una radio que vende publicidad por la audiencia… ¿O alguien ha ido a tu casa a cobrarte por oír la radio o hacer copias de tus cd?

Insisto, y no quiero entrar en ese debate hoy. Las entidades de gestión, el canon, etc son una perversión de un concepto válido: que el autor debe poder decidir si quiere compartir o ceder los beneficios que genere su obra. Esa perversión, puesta en duda una y otra vez por los jueces, es la que hace que rechacemos un principio que creo es justo en esencia, e injusto en aplicación.

¿Hay alternativa? La hay.
Si ponemos el ejemplo de la música. Existen proyectos como Jamendo. Una plataforma web en la que los artistas que lo desean, incluyen sus obras de forma libre bajo Creative Commons. En ella, puedes escuchar y descargar más de 200.000 canciones de todos los estilos. Y mientras sea para uso particular, nadie te dirá nada. Al contrario, para eso están, y Jamendo exige a los autores una declaración firmada de que no son socieos de SGAE.

A partir de ahí, descubrimos el copyright del siglo XXI. Si quieres algo que tenga más valor, lo pagas. ¿Que quieres el cd en soporte físico y con carátula impresa? Ellos te lo graban y te lo envían. El precio será el que cada autor marque desde unos mínimos costes de producción y envío.
¿Que quieres usarlo para fines comerciales? ¿Música ambiente de un local? ¿Sincronizar un video? ¿Sonorizar una presentación o una web? Pues dispones de unas tarifas Pro en las que de forma transparente puedes conseguir esa música que necesitas de forma inmediata.
Jamendo le entregará al autor el 50% de lo que se cobre, directamente. Y eso, en realidad, no es tan diferente del copyright. Cuando un autor registra una obra en la SGAE, si lo hace a través de una editorial que se la compre, ésta no podrá nunca poseer más del 50% de los derechos. El otro 50% lo tiene garantizado siempre el autor. Eso si, el problema es saber si el autor cobrará o no lo que recaude la SGAE en su nombre, y mucho peor si le llegará su parte proporcional del maldito canon. La respuesta es muy fácil, me la ahorro.
Con Jamendo en cambio, está cediendo ya directamente ese 50% sin posibilidad de negociar un porcentaje mayor y existe otro problema del que cuesta hablar cuando urge el tema. Para cobrar por sus obras, se cuenta con la honestidad de cada usuario. No hay modo de comprobar si has descargado la música como particular, y la has añadido a un trabajo profesional «por la cara», o estás reproduciendo en tu bar la música como si fuera en tu casa. Porque eso, amigos, es otro de los problemas. Aunque pueda parecerlo, no es obligatorio pertenecer a la SGAE, el autor, tiene entre sus derechos, elegir si quiere que alguien los gestione por él, y compruebe si alguien está haciendo uso lucrativo con ellos si repartir, lo cuál es muy lógico en el papel, pero muy, muy ilógico en cómo se lleva a la práctica.
Imagen principal: Flickr Daquellamanera Creative Commons

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