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Cría baby-robots y te sacarán los ojos

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El señor con pelo de la foto es el psicólogo Javier Movellán, un investigador formado en Madrid pero residente desde 1984 en la Universidad de California, en cuyo laboratorio MPLAB (Machine Perception Laboratory) lleva años desarrollando sistemas robóticos que interactúan con los seres humanos en tiempo real, utilizando los canales naturales de comunicación.

Su objetivo es entender los primitivos mecanismos del hombre a la hora de reconocer las expresiones faciales, una herramienta incomparable para la comprensión de cómo los robots y los seres humanos perciben emociones.

Varios estudios comandados por Javier Movellán han demostrado que los robot actuales, gracias a sus habilidades mecánicas, y a pesar de su falta de «inteligencia», pueden interactuar con las personas como si fueran niños pequeños. Aunque las capacidades mecánicas de los robots han mejorado espectacularmente estos últimos años, el estado actual de la inteligencia artificial no permite robots con mayor respuesta emocional que la que tendría un niño de dos años.

Es el primer paso de la evolución robótica. Rodney Brooks, director del Laboratorio de Inteligencia Artificial del MIT, uno de los gurús de la robótica actual, afirmó recientemente que para un robot tenga una inteligencia verdaderamente humanoide sería necesario el reconocimiento emocional de un niño de 2 años, las habilidades lingüísticas de uno de 4, la destreza manual de un niño de 6 años y la comprensión social de un niño de 8.

Javier Mavellán, profeta en tierras californianas, también es partidario de esta evolución natural y ha decidido traer al mundo a «Dieguito», un robot con cara de niño de dos años encerrado en un cuerpo de adolescente biónico.

Movellán y su equipo fueron los responsables de perfeccionar el robot «Einstein» de Hanson Robotics (luego conocido como Albert-Hubo), aquella cabeza sin torso del científico alemán que reconocía expresiones faciales humanas y podía responder en consecuencia.

Al igual que la cabeza de «Diego», la cabeza de «Einstein» estaba llena de pequeños motores para dotarle de expresión. Si Einstein quería esbozar una sonrisa (ya no decimos sacar la lengua), debía utilizar 17 de los 31 motores de su cabeza, para ajustar sutilmente múltiples puntos de articulación en torno a la boca.

Sin embargo, Einstein tenía un handicap: tan realista era que…daba mal rollo.

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Algunos científicos creen firmemente que el hecho de hacer robots muy parecidos a los humanos (y más si éstos están muertos) es instrínsecamente espeluznante. Cuando los robots se parecen y actúan como los hombres reales se crea una respuesta de rechazo entre los observadores humanos. Piensen en el amigo Bishop de «Alien», como ejemplo.

Por tanto es muy importante desarrollar máquinas empáticas, máquinas por las que sentir compasión y que entiendan los sentimientos más básicos del hombre. Los humanos están dotados para responder de una manera especial a otros seres humanos en general, pero más intensamente cuando se trata de bebés. De ahí el advenimiento de «Diego», que tan felizmente posa con su padre.

Diego puede parecer un robot muy lindo, pero que te abrace con sus brazos metálicos y con su gran cabeza es cuando menos inquietante. Y, sinceramente, da más mal rollo que Albert-Hubo. Pero no es necesario asustarse: es fundamental desarrollar máquinas que nos muestren lo que están sintiendo y que comprendan lo que nosotros sentimos por ellas, por más que den un poquito de miedo.

Una vez las máquinas tengan estos sentimientos básicos podrán utilizar sus facultades intelectuales para el bien de la civilización. En cierto modo, con estos baby-robots estamos también sembrando las semillas para la futura supervivencia de la humanidad. O para su destrucción total.

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¿Abrazo maternal o estrujamiento mortal? He ahí la cuestión.

A Diego-San lo he conocido en la revista Kokoro

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