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Derribando mitos: 13. Vivimos el doble de tiempo que hace un siglo


Mosaico romano representando un hombre pescando.
La semana pasada acudí a una charla de la Semana de la Ciencia, que sigue celebrándose en toda España. La conferenciante, una eminencia en el campo de la nanotecnología, explicó que el cáncer era una enfermedad “moderna” porque antes la gente no vivía lo suficiente como para sufrirlo: “La esperanza de vida en el siglo I era de 22 años y en 1900, de 40 años, mientras que hoy vivimos hasta los 75”.
La ilustre científica cometía un error muy extendido: confundir la esperanza de vida con la longevidad. La esperanza de vida al principio de la era cristiana era, efectivamente, de unos 22 años pero eso no quería decir que la gente muriera a esa edad; una parte importante de los que llegaban a adultos alcanzaban los 50 o los 60 años. Por supuesto, vivían muchos años menos que los que vivimos ahora pero sí alcanzaban la vejez, con o sin cáncer.
Lo que se ha reducido espectacularmente desde entonces hasta ahora es la mortalidad infantil, que, cuando es alta, computa a la baja la esperanza de vida de todo el colectivo. Si el 20% de los niños mueren antes de cumplir un año (la tasa de mortalidad infantil en España en 1915) tiene un efecto sobre la esperanza de vida equivalente a recortar un 20% de toda la población. En otros términos, si eliminamos de la ecuación esas vidas que no prosperaron, los 40 años del ejemplo se convierten en 48. Y eso si nos referimos sólo al primer año de vida porque en la España de 1900 menos de la mitad de los nacidos vivos alcanzaban los 20 años. Pero una vez superado ese período crítico, alcanzar una edad “provecta” era bastante factible: la gente alcanzaba 60 o 70 años, como es fácil comprobar en cualquier cementerio.
En el Imperio Romano al inicio de la Era Cristiana, la mortalidad infantil rondaba el 30% (moría uno de cada tres niños antes de alcanzar el año de edad). El resultado era que la esperanza de vida al nacer era de unos escasos 25 años (coherente con la cifra presentada en la conferencia) pero, una vez cumplidos los 10 años, la esperanza de vida aumentaba hasta los 50. La muerte sobrevenía en torno a los 37 años, aunque no era excepcional alcanzar los 50 o 60.
Otro tanto pasa en la Inglaterra del siglo XVII, según estudió Carolyn Freeman. La esperanza de vida era de 40 años, pero con una mortalidad infantil del 12%. “Un hombre o una mujer que alcanzaran la edad de 30 podía esperar vivir hasta los 59 años”. En Nueva Inglaterra, Estados Unidos, donde la alimentación era mejor, un hombre podía vivir hasta los 65 y una mujer hasta los 62, “una diferencia muy pequeña respecto a los modernos EEUU, donde un niño tiene una esperanza de vida de 73 y una niña de 79 años”. Nótese que en este último caso que apunta Freeman no hay una disonancia estadística, en tanto la mortalidad infantil hoy en día es anecdótica en los países más prósperos (3 por 1.000 en Japón, 8 por 1.000 en Chile).
Por cierto, que la escandalosa diferencia entre la esperanza de vida de algunos países africanos y el resto del mundo tiene mucho que ver con la elevada mortalidad infantil de aquellos países. Por ejemplo, Sierra Leona (48 años de esperanza de vida) tiene una mortalidad infantil antes del primer año del 16%, más que Inglaterra hace cuatro siglos, un del 28% antes de niños menores de cinco años.
Eso no quiere decir que la longevidad de la especie no haya aumentado. Lo ha hecho y mucho: concretamente tres meses por año a lo largo del siglo XX, gracias fundamentalmente a la vacunación, higiene, atención al parto y, en general, reducción de la mortalidad infantil. Los centenarios han dejado de ser excepcionales (y algunos con buena salud) y nos encaminamos hacia la “matusalenización” de la población, si se me permite el término. Según señala un artículo en Tendencias21,

“En los países desarrollados, la emergencia de grupos de personas con más de 110 años de vida comenzó en los años ochenta. Una vez que se alcanzan los 110 o 112 años de edad, las probabilidades de morir no crecen: son las mismas para el año siguiente. Se habla incluso de que la esperanza de vida puede duplicarse en este siglo”.

Lo que no hay que perder de vista es que al menos “dos tercios” del aumento en la esperanza de vida es atribuible “a la disminución de la mortalidad en los primeros quince años de vida”, según apunta el demógrafo Massimo Livi Bacci en su “Historia mínima de la población mundial”.




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