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El dilema del omnívoro


Ser omnívoro es una enorme ventaja competitiva en un entorno de animales especializados, muchos de hecho en nichos ecológicos tan estrechos que difícilmente sobrevivirían en un ecosistema distante unos kilómetros de su hogar. El koala sólo se alimenta de hojas de eucalipto y el oso panda de bambú, así que tienen que su supervivencia como especie depende a estas alturas de la ternura que sus simpáticas estampas despiertan en la especie humana, el depredador omnívoro por excelencia.
A grandes rasgos, los animales han tenido que escoger entre dedicar sus energías a lograr un cerebro grande o un estómago grande, como explica el periodista Michael Pollan en su libro “The Omnivore’s dilemma”. El cerebro humano consume grandes cantidades de energía -14% del total del cuerpo aunque sólo representa el 3% de su peso- en tanto al koala le sobra cabeza para alojar su pequeño cerebro. Al fin y al cabo, su único dilema es si comerse la hoja de eucalipto de la izquierda o aquella que luce tan apetitosa en la rama de la derecha.
Entre otras funciones, este cerebro hipertrofiado permite a humanos y ratas, los campeones del omnivorismo- distinguir los alimentos comestibles de los venenosos, recordar cuáles de ellos nos enfermaron la última vez y establecer patrones para reconocer, mediante el olfato o la analogía, alimentos que aún no hemos probado.

Pero la condición de omnívoro representa una constante fuente de ansiedad y estrés. No en vano, el omnívoro está dividido entre dos fuerzas contradictorias: la neofobia, “el miedo a ingerir cualquier cosa nueva”, y la neofilia, “la arriesgada pero necesaria apertura para aventurarse a nuevos sabores”, en palabras de Pollan. Viajar a un país exótico –Zimbaue, Bélgica- es una buena ocasión para comprobar nuestro propio grado de neofobia.
Como no podía ser de otra manera, Pollan dedica una larga digresión sobre la ética de comer carne. Omnívoro como es, el escritor decide afrontar el tema desde sus raíces: cazando o sacrificando con sus propias manos los animales que va a deglutir. Y le sucede lo que a la mayoría de los trabajadores del matadero: decide que es preferible comer lechugas a esquivar este conveniente outsourcing.
Y de segundo: 
-Cilantrófobos del mundo, uníos.
-Comida, S.A.
-¿Quieres evitar el calentamiento global? ¡Come canguros!

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