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El visionario que inventó las orejeras y dio trabajo a su ciudad natal durante décadas

Dicen que la necesidad es la madre del ingenio. Por eso, a lo largo de los siglos hay quien ha desarrollado sencillos inventos que ahora son imprescindibles en nuestra vida doméstica: desde el inodoro, ideado por un poeta antepasado del actor Kit Harington (Jon Nieve en ‘Juego de Tronos’), a la fregona, una creación popularizada por el ingeniero riojano Manuel Jalón (si bien existen patentes previas a las suyas de ese palo con fibras pegadas).

El frío también puede ser un acicate para que una idea simple pero ingeniosa alumbre la mente del inventor. Al menos lo fue en el caso de un estadounidense de solo 15 años que construyó su propio artilugio para proteger su órgano auditivo ya en el siglo XIX: un par de orejeras. Pese a no reinventar la rueda, la creación de ese joven, llamado Chester Greenwood, no solo se popularizó en la época, sino que además ha llegado a nuestros días.

Vendiendo orejeras como churros

Patinar sobre hielo era una de las actividades preferidas de Chester en su adolescencia. Sin embargo, las bajas temperaturas invernales de Farmington, la localidad del estado de Maine en la que vivía, le impedían deslizarse sobre el hielo durante mucho rato. Las orejas de Chester se congelaban con más facilidad que las del resto (eran “grandes y frías” según ha asegurado uno de sus descendientes) y, para colmo, era alérgico a los tradicionales gorros de lana que se estilaban por aquella época.

Lejos de resignarse a su suerte, pero poco habilidoso en el arte de zurcir, Chester pidió a su abuela que cosiera unas pequeñas almohadillas de franela o de piel de castor (a día de hoy no está del todo claro el material empleado entonces) a dos aros colocados en los extremos de una anilla de alambre en 1873.

Satisfecho con el resultado, Chester salió a la calle con sus orejeras sin preocuparse por las reacciones de sus conciudadanos. En un primer momento, sus amigos se mofaron del extraño adminículo que se había colocado en la cabeza, pero pronto se dieron cuenta de su utilidad.

El 13 de marzo de 1877, antes de que tuviéramos radio, televisión o internet, y el mismo año que Edison se llevaba la sorpresa de su vida al escuchar su voz grabada en un fonógrafo, Chester Greenwood conseguía la patente por las nuevas y útiles mejoras en las orejeras” que él mismo había ideado.

No en vano, un agente de patentes de la propia Farmington afirmaba hace unos años que en realidad Greenwood no inventó las orejeras, sino que su innovación fue colocar en cada uno de los extremos de la diadema una articulación para que se adaptaran mejor a la cabeza de cada cual.

De un modo u otro, lo cierto es que, unos cuantos años después de pedirle a su abuela que enhebrara la aguja para coser su invento, Greenwood ya las vendía a manos llenas: manufacturó unos 30.000 pares  en 1883. La fábrica que fundó para ello en su localidad natal daba empleo a numerosas mujeres de la zona, que se ocupaban de coser cuidadosamente las almohadillas.

Con el tiempo, el negocio creció: Greenwood acordó con el Gobierno proveer de protectores para las orejas a los soldados estadounidenses de la I Guerra Mundial y Farmington llegó a ser conocida como la capital del mundo de las orejeras. Solo en 1936 se fabricaron más de 400.000 pares de sus Champion Ear Protectors. El éxito en ventas fue tal que la empresa dio trabajo a la “mitad del condado de Franklin”, según los testimonios de la época.

Eso sí, el joven inventor no se conformó con patinar con orejeras: también patentó un rastrillo con dientes de metal, una caja de cerillas con publicidad o incluso una tetera. Además de llevar las riendas de la fábrica, regentó una tienda de bicicletas, dirigió una compañía de telefonía local y creó su propio negocio de fontanería y calefacción. Así que aquel joven de desproporcionadas orejas logró convertirse en un emprendedor de renombre.

El día de Chester Greenwood

Pese a que la famosa fábrica de orejeras cerró durante la II Guerra Mundial, Farmington nunca se olvidó del vecino que logró que sus orejas estuvieran calentitas en los duros inviernos. En 1977, cuarenta años después de su muerte y un siglo después de su pionera patente, el estado de Maine declaró el 21 de diciembre como el Día de Chester Greenwood. Su localidad natal, que hoy cuenta con más de 20.000 habitantes, celebra diferentes eventos en esa señalada fecha, que coincide con el inicio del invierno.

Un pasacalles en el que personas y mascotas lucen orejeras, una feria de artesanía o un baño en un frío lago formaron parte de los festejos de la conmemoración celebrada hace unos meses.  Hasta un ‘alter ego’ de Greenwood se suma cada año a la fiesta: ataviado con un bigote postizo y un bombín, un profesor se hace pasar por el inventor. 

Aunque su creación puede parecer demasiado sencilla vista con el tiempo, el hecho de que ayudara al sustento de las familias de Farmington o de que aún hoy se vendan orejeras de colores y auriculares de diadema similares a ellas, han hecho que sea merecedor de tal homenaje. Eso sí, en realidad, todo comenzó por su necesidad de combatir el frío. Y con la inestimable ayuda de su abuela. 

Con información de OEPM, Daily Bulldog,  Central Maine, Maine Memory, Wired, Washington Post y Google Patents

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