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La esfera expansiva de los derechos


Si algo nos hace humanos es nuestra capacidad para empatizar con otros seres y reconocerles derechos que nos arrogamos a nosotros mismos. El paso para aceptar que al resto de las personas no les suele gustar que les hagan lo que no nos gusta a nosotros es un gran salto de la conciencia, del individuo en particular y de la Humanidad como un todo. La adopción de la llamada “regla de oro” (“no hagas a los demás lo que no te gustaría que hagan a ti”) se produjo simultáneamente en varios lugares del mundo –Grecia, India, Oriente Próximo, China- en torno al siglo VI a.C., durante la llamada “era axial”, bautiza así por Karen Amstrong en su libro “La gran transformación”.
Las tribus antiguas de todas las latitudes no consideraban siquiera humanos a los miembros de otras tribus, de modo que no les hacían partícipe de la compasión que tenían para los suyos. Eso explica que la esclavitud o, en menor medida el canibalismo, hayan sido prácticas habituales y toleradas durante milenios. En el momento que empiezas a considerar que el otro  es un ser humano como tú ni le sometes ni le asesinas ni te lo cenas. A menos que tu propia vida esté en peligro, claro.
La esfera de los derechos va expandiéndose inexorablemente con el transcurso del tiempo, aunque con retrocesos puntuales: de la tribu al ser humano, del hombre a la mujer, del homo sapiens a, esperemos, los grandes simios y finalmente al resto de los animales, como describe Steven Pinker en su imprescindible La tabla rasa”. Se trata de un movimiento integrador e imparable que marcha en la dirección de la línea del tiempo: el pasado ha sido, sin excepción, siempre más bárbaro y el futuro será, con toda certeza, más civilizado. Con retrocesos, insisto, pero en una sola e inequívoca dirección.
Los que tenemos la fortuna de vivir en países civilizados nos escandalizamos cuando oímos hablar de esclavitud, pena de muerte o mutilación genital en otras latitudes. Es evidente que quien practica (o defiende entre nosotros) estos comportamientos se sitúa en el lado equivocado de la Historia. Como decía el filósofo Jesús Mosterín en un reciente artículo (“La España negra y la tauromaquia”) sobre la polémica en torno a la abolición de las corridas de toros en Cataluña, “el que algo sea tradicional no lo justifica éticamente”.
El artículo era en cierta forma la respuesta a un escrito de otro filósofo, Fernando Savater (“Un abuso arrogante”), en el que defendía tibiamente la tauromaquia recurriendo “a la libertad”, ya que “la asistencia a las corridas de toros es voluntaria”. Voluntaria para todos excepto para el toro, por supuesto. Savater, que tan contundente resulta cuando escribe sobre nacionalismos exacerbados, hace un extraño ejercicio de equidistancia para estar contra “la postura prohibicionista” sin identificarse “con los planteamientos que remiten la excelencia de la fiesta a la entraña ancestral de nuestro país”. Pero defendiendo, finalmente, su misma posición: el toro es un convidado de piedra en este debate y como no puede hablar suponemos que acepta implícitamente su papel de víctima en la escabechina.
Sin embargo, le responde Mosterín, “ningún liberal ha defendido un presunto derecho a maltratar y torturar a criaturas indefensas”. Tal vez suceda en unos años en Cataluña y en unos pocos más en el resto del país (y del mundo) pero es indudable que los toros –su tortura con escarnio público- están del lado contrario al que señala la flecha del tiempo. Pertenecen a un estadio ético sin evolucionar, que acepta el sufrimiento de otro ser sensible como un divertimento (engañosamente disfrazado de arte).
La regla de oro, que hemos aplicado durante un puñado de siglos exclusivamente a otros seres humanos, acabará ampliándose paulatinamente al resto de los animales, empezando por nuestros parientes más cercanos –los simios- y alcanzando al resto de los mamíferos. Esto, obviamente, exige el vegetarianismo, el próximo gran salto moral de la Humanidad. Los que comemos cadáveres de animales -y aquí me incluyo- también estamos en el lado anacrónico de la Historia.

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