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Cómo explicarle a tu madre qué es un hipster

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“Esto de la crisis está afectando mucho a la juventud. Pobres chicos y chicas. ¡Y cada vez hay más!”, te comenta tu madre cuando os cruzáis con un grupito de jóvenes en el centro de la ciudad. Abrigos largos y con pinta de haber sido rescatados de lo más hondo del baúl de los recuerdos, jerséis de lana que ya perdimos de vista hace años, barbas de varias semanas, bigotes de todo tipo, pelos desaliñados, engominados imposibles, vaqueros gastados, gafas antiquísimas… “¡Esta pobre juventud ya no tiene ni qué ponerse! Míralos, si hasta se tienen que poner la ropa de cuando sus padres tenían su edad”, exclama finalmente tu madre.

Así es, los hipsters o modernillos se multiplican en cada rincón de la ciudad trayéndonos a las retinas los gloriosos años 80-90. Jóvenes bohemios con pintas de mendigo salvo en los bolsillos, en los que llevan sus electrocachivaches de última generación –preferiblemente de marca Apple-; y en las etiquetas de la ropa, que no son precisamente de mercadillo.

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Smartphones de ultimísima generación, filtros de Instagram a tutiplén, auriculares grandotes, café de Sartbucks en la mano y exaltación del espíritu ochentero y noventero temprano. Bicicletas escacharradas o de piñón fijo, fixies, cámaras de fotos analógicas y algún libro o disco de vinilo bajo el brazo. Son diferentes, son inconfundibles.

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¿Dónde encontrarlos? En cualquier Starbucks que se precie; o en esos bares de hipsters que parecen hogares de refugiados: cajas de madera usadas, sillas viejísimas, sofás sacados de algún basurero y bombillas desnudas colgando de la pared o el techo conforman el mobiliario del local, que a menudo también dan conciertos.

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“¡Si es como cuando yo tenía tu edad! Igual igualito. ¡Madre mía, llevábamos las mismas pintas! Recuerdo que cuando iba a la facultad tenía un vestido igualito al de esa chica”. Dice tu madre, que sigue sin salir de su asombro. Sí, porque un día, tarde o temprano, esos hipsters se miran al espejo y descubren que ya no son ellos, sino sus padres, y el tiempo entra en un bucle infinito e implosiona haciendo añicos todo lo que tiene sentido en esta vida.

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Ser hipster –alternativo, pionero, diferente, bohemio…- se ha vuelto tan mainstream que no son pocos los jóvenes bisoños que también se suman a esta moda y manera de vivir la vida –después de haber pasado por pertenener a otras tantas tribus urbanas-. Y es aquí cuando todo esto se nos empieza a ir de las manos.

Los que dicen ser auténticos hipsters se revelan frente a los hipsters de palo y superficiales, y retan a las leyes de la lógica y el sentido común: Cada vez vemos melenas masculinas más largas y más desaliñadas, barbas en las que podría estar viviendo una colonia de gorriones, mujeres con la cabeza rapada, gafas de pasta de tamaños estratosféricos, bigotes de todos los tamaños, formas y colores, y tendencias vintage llevadas al límite: aparcar el ordenador para usar la máquina de escribir, tirar el móvil a la basura, volverse crudívoro o llevar algún otro tipo de alocada dieta… Y, simplemente, hacer todo lo contrario a lo que hacen el resto de mortales.

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“Y eso, más o menos, es un hipster, mamá. Pero tranquila, no es más que una moda, no te alarmes. En unos años esta gente abrazará otra estética y otro estilo de vida, como ha sucedido a lo largo de la historia, y estaremos a salvo. De lo único que debes preocuparte de momento es de los canis y las chonis. Pero eso ya te lo explicaré en otro momento”.

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Noemi Rivera es martillo de hipsters

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