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Cómo el fantasma de Mark Twain desató una gran batalla por el ‘copyright’ de un muerto

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Todos conocemos el caso de alguien que, aún estando de cuerpo presente, es capaz de hacer y deshacer a su antojo. Personas tan tozudas que persiguen sus propósitos y dan la lata incluso cuando ya descansan en la otra vida. Si no, que se lo digan a los familiares de Mark Twain. El autor de obras de la literatura tan legendarias como ‘Las aventuras de Huckleberry Finn’ o ‘Las aventuras de Tom Sawyer’ logró, siete años después de su muerte, continuar con la lucha que libró durante toda su vida por los derechos de autor.

Tras su fallecimiento en 1910, sus herederos y agentes no dieron crédito a las sorpresas que el destino les tenía preparadas. Con todos los espíritus que debe haber pululando por ahí, hubo dos chicas que aseguraban haber podido comunicarse con el insigne escritor del siglo XIX utilizando la ouija. Emily Grant Hutchings y Mildred Swanson afirmaban que habían hablado con el mismísimo Twain y, claro, querían compartir sus palabras con todo el mundo. No solo por el bien de la cultura, sino porque un libro firmado por alguien que ya no está en este mundo podría ser sumamente rentable.

Sin el más mínimo reparo, en 1917, Emily Grant se decidió a publicar ‘Jap Herron’ y reconoció sin tapujos que se trataba de una novela en la que ella simplemente había ejercido de transcriptora para las palabras e ideas de Mark Twain. Nada más tenerlo en sus manos, los herederos y agentes del escritor, decidieron emprender acciones legales contra la autora de esta supuesta transcripción de alguien que hablaba desde la ultratumba y, como era de esperar, reclamaron los derechos de autor.

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En aquel momento de tensión, ni Emily Grant ni su editora Mitchell Kennerley creyeron oportuno desmentir ni un ápice de su versión. De hacerlo, sabrían que la popularidad de aquel libro caería en picado, pues el nombre de Twain era su principal atractivo. En el bando contrario, las hijas de Samuel L. Clemens (el verdadero nombre del escritor) y la editorial Harper & Brothers, con la que Twain tenía un contrato para publicar todos sus libros, veían cómo la reputación del creador de Tom Sawyer podía irse al traste.

Con esta tesitura, Emily Grant decidió dar un paso atrás tras provocar uno de los debates más disparatados acerca de la propiedad intelectual que tuvieron lugar en el siglo XX. No obstante, antes de bajarse del carro decidieron intentarlo por segunda vez, dejando en un segundo plano la inestimable colabración de Mark Twain desde el más allá. Incluyeron en la portada la imagen del escritor y apuntaron un subtítulo que no dejaba lugar a dobleces: “Una novela escrita desde la tabla de la ouija”. Es más, por si todavía no había quedado claro su distanciamiento, explicaron que se trataba de la descripción de las sesiones de ouija y que era “un trabajo ‘post mortem’ de Samuel L. Clemens”.

Sin el nombre de Twain de por medio, las ventas se desplomaron. Además, las críticas de los diarios no eran nada halagüeñas. El diario The New York Times, tras conseguir el libro, había publicado una dura crítica contra su estilo. “Si esto es lo mejor que Mark Twain puede hacer traspasando los límites, el ejército de admiradores que ha conseguido gracias a sus obras desearán que respete las barreras en el futuro”, leyeron los lectores en las páginas del periódico neoyorquino.

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De haber podido pronunciarse al respecto, hasta el propio Twain habría dejado claro que todo se trataba de una patraña. Como sus propios editores comentaron entonces, en las obras en las que había tratado el espiritualismo y la vida tras la muerte el escritor había dejado constancia de su postura ante tales asuntos reconociendo que, a su juicio, tal cosa no existía.

Eso sí, por paradójico que parezca, aún sin estar respirando, el autor logró revivir el debate en el que había tomado partido a lo largo de toda su vida. El escritor estadounidense logró seguir defendiendo los derechos de autor tal y como hizo a lo largo de su vida. Su empeño en esta tarea fue tal, que incluso acudió al Congreso de Estados Unidos y consiguió que se ampliase hasta los 50 años el periodo en que sus herederos podrían seguir recibiendo los beneficios de los derechos de autor una vez muerto.

No obstante, este logro le pareció algo pobre y por eso ideó algunas artimañas para que sus dos hijas pudieran seguir sacando rédito a su obra. Por ejemplo, en ciertas reediciones de sus libros indicó que se introdojeran pequeñas modificaciones, ya fuera en un pie de foto o en algún otro detalle sin importancia, para que así se considerase una nueva obra y se prolongase la vida de los derechos de autor.

Por suerte, la segunda chica que intentó aprovechar el nombre de Mark Twain a través de las supuestas conversaciones que mantuvo con él desde el más allá fracasó estrepitosamente. A finales de 1960, ninguna editorial estuvo dispuesta a publicar la obra de Mildred Swanson titulada ‘God bless you, daughter’ («Dios te bendiga, hija»), en la que este miembro de la Sociedad Psíquica del Medio Oeste desvelaba sus conversaciones. Aunque, eso sí, ella misma decidió autoeditarlo. Si Twain hubiera levantado la cabeza…

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Con información de Fusion, Letters Of Note, Ruth Castellote, Lecturalia y MentalFloss. Con imágenes de David Hoshor y Pixabay.

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