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No es 1984, es Fahrenheit 451

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Ahora que estamos tan preocupados con eso de nuestra privacidad en internet, y que saltan noticias como la de la NSA espiando nuestros (sic) correos y perfiles, casi todo el mundo se acuerda del Gran Hermano de la novela 1984.

Pensamos que los gobiernos, o esa mano negra que mueve el mundo, han encontrado el medio perfecto para controlarnos con mando a distancia.

Olvidamos que quienes compartimos somos nosotros de forma voluntaria sin tener nunca el control total. De todas formas, creo que puestos a comparar predicciones literarias se me antoja mucho más terrible la similitud con Farenheit 451, de Ray Bradbury… esa sí que la veo real.

https://www.youtube.com/watch?v=7cQ-yGCyjyM

En 1984, el problema es el control del individuo por parte del estado. Algo contra lo que la Historia nos ha enseñado repetidamente que podemos luchar y defendernos, rebelarnos contra el poder y recuperar la libertad.

Sin embargo, en Fahrenheit 451 el control ha llegado a una forma tan sutil que son los propios ciudadanos los que ejercen el control sobre los otros. Gracias a la supresión de los libros, y a la interacción de lo que el libro llama «parientes» y la película «familia» a través de múltiples pantallas en el salón o en la cocina que nos dicen cómo debemos sentirnos, lo que debemos pensar para sentir pertenencia y ser aceptados… ¿les suena?

El protagonista es un «bombero», cuerpo que ahora se dedica a quemar libros y no apagarlos, que comete el error de leer algunos de los que debe quemar y se rebela ante esa situación, aún en contra de su propia esposa, quien casi no interactúa ya con él porque prefiere estar en contacto «virtual» con las pantallas.

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Ese mundo premonitorio es descrito así en la novela original de 1953 en boca de su protagonista Sontag:

«—Nadie escucha ya. No puedo hablar a las paredes porque éstas están chillándome a mí. No puedo hablar con mi esposa, porque ella escucha a las paredes. Sólo quiero alguien que oiga lo que tengo que decir. Y quizá, si hablo lo suficiente, diga algo con sentido. Y quiero que me enseñe usted a comprender lo que leo»

Una página después, continúa la «fantasía futurista»:

«—Ahí está lo primero que necesitábamos. Calidad, textura de información.

—¿Y lo segundo?

—Ocio.

—Oh, disponemos de muchas horas después del trabajo.

—Sí, pero ¿Y tiempo para pensar? Si no se conduce un vehículo a ciento cincuenta kilómetros por hora, de modo que sólo puede pensarse en el peligro que se corre, se está interviniendo en algún juego o se está sentado en un salón, donde es imposible discutir con el televisor de cuatro paredes. ¿Por qué? El televisor es ‘real’. Es inmediato, tiene dimensión. Te dice lo que debes pensar y te lo dice a gritos. Ha de tener razón. Parece tenerla. Te hostiga tan apremiantemente para que aceptes tus propias conclusiones, que tu mente no tiene tiempo para protestar, para gritar: ‘¡Qué tontería!’

—Sólo la ‘familia’ es gente.

—¿Qué dice?

—Mi esposa afirma que los libros no son ‘reales’

—Y gracias a Dios por ello. Uno puede cerrarlos.»

Recordemos que la televisión de la que habla Bradbury no es la que en su época ya triunfaba, sino un mecanismo de interacción con esa ‘familia’ que hoy, sesenta años después nos recuerda demasiado a las redes sociales. En la película de 1966 se pueden ver hasta monitores planos muy, muy parecidos a la realidad.

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Entre esa «familia» también aparecen unos personajes que después de proponer lo que deben sentir y pensar, a veces dramatizado como si fuera un ‘storytelling’ se dirigen al espectador para interactuar con él, y éste debe responder afirmativamente cuanto antes. Algo parecido a cuando el Community Manger te pregunta ¿te lo vas a perder? y acabamos diciendo «me gusta». Si volvéis a ver la película, fijaos.

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Pero en Fahrenheit 451, el problema era que se quemaban los libros, y eso hoy no ocurre. Al menos con llamas, pero el cambio de modelo al formato digital, siento decirlo pero los datos lo confirman, empiezan a poner en peligro la creación literaria. Y si hablamos de periódicos, no se queman, pero se cierran cada semana.

Afortunadamente, la historia acaba con un canto a la esperanza. Toda la película es encantadoramente vintage, y es de esos casos en los que es tan buena o más que la novela original. Así que si no la has visto o leído, te la recomiendo. Antes de que la quemen.

 

 ACTUALIZACIÓN el 2/7/2013:

Parece, que alguien más se ha dado cuenta del «concepto» en El País.

 

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