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Pensar menos, pensar mejor: nuestra mente es más creativa en piloto automático

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¿Cuántas veces nos hemos quedado mirando al techo pensando en cualquier cosa? ¿Quién no le ha dado vueltas y más vueltas a algo que al final ha resultado no ser para tanto? Toda esta sobrecarga de pensamientos a la que nos sometemos casi a diario tiene diversas consecuencias: falta de sueño, mal humor y ansiedad, por mencionar solo algunas. A la lista se añade ahora una consecuencia dramática. Comernos el coco también disminuye nuestra capacidad para ser creativos.

Con más facilidad para unos que para otros, estamos relativamente acostumbrados a hacer más de dos cosas a la vez. Así, hemos desarrollado la habilidad (por llamarlo de alguna manera) de mirar sin ver, comer sin saborear, o incluso mantener una conversación sin escuchar. Y esta situación también se extiende a la forma en la que pensamos.

Moshe Bar y Shira Baror han realizado un estudio recientemente publicado en la Psychological Science. A partir de diversos experimentos se proponen demostrar que nuestra capacidad para ser creativos está indiscutiblemente ligada a la carga mental a la que nos sometemos.

Sus resultados sugieren que cuando pensamos, por defecto, acudimos a la exploración y creatividad. Una buena noticia, no cabe duda. Pero no cantemos victoria tan rápido: también indican que, para que se active este proceso, es primordial que mantengamos la mente despejada. Al parecer, todavía existen situaciones en las que más no significa mejor.

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Históricamente, desde el ámbito de la psicología se ha indicado que nuestra mente tiende a optar por asociaciones familiares cuando se enfrenta a cualquier situación. Esto significa que, por norma, recurrimos a lo evidente, a lo que ya conocemos o a lo que no requiere un esfuerzo innovador. Los descubrimientos de este estudio, sustentados en diversos experimentos,  sugieren básicamente todo lo contrario.

En el primero de ellos dieron a los participantes tareas de asociación libre mientras que simultáneamente se les pedía que recordaran una cifra: la mitad de ellos recibieron una de siete dígitos y la otra mitad una de dos. Mientras que mantenían su memoria trabajando, se les iban dando palabras (por ejemplo, zapato) para que respondieran en el menor tiempo posible lo primero que se les viniera a la cabeza (por ejemplo, calcetín).

Los resultados hablan por sí solos: los participantes con siete dígitos en mente ofrecían respuestas comunes y bastante evidentes (blanco, negro) y además coincidían bastante entre ellos. Mientras, quienes solo tenían que memorizar dos dígitos daban respuestas menos típicas y asociaciones más variadas (blanco, nube). Una situación de la que puede concluirse que una mayor carga mental disminuye consistentemente nuestra creatividad y originalidad a la hora de buscar respuestas.

Sin embargo, también cabría pensar que, en realidad, esta falta de originalidad se explica porque las personas que trataban de retener una cifra de siete dígitos necesitan más tiempo para dar con una respuesta creativa.  Frente a ello, los investigadores realizaron un segundo experimento. Con él descubrieron que, con tiempos largos para responder, los participantes ofrecían respuestas menos diversas. Así, no solo descartan la teoría, sino que también indican que una gran carga mental hace que necesitemos más tiempo incluso para generar pensamientos convencionales.

Sus  experimentos señalan por tanto que la tendencia natural de nuestra mente es explorar lo novedoso e innovador. Pero que, cuando estamos ocupados con otras tareas, acudimos a una respuesta más sencilla, familiar, e inevitablemente menos interesante a la hora de solucionar la cuestión.

Por lo general, nuestro cerebro puede actuar de dos maneras distintas: a través de la exploración y a través de la explotación. Cuando exploramos, analizamos las cosas con una perspectiva más amplia, somos más curiosos y adoptamos una postura más dispuesta al aprendizaje. Por contra, cuando optamos por la explotación, tiramos de lo que ya conocemos, de lo predecible y mantenemos la mente algo más cerrada. Por poner un ejemplo, cuando viajamos a un país extranjero damos rienda suelta a nuestra faceta exploratoria. Y mientras, en la vuelta a casa después de un largo día de trabajo, nos ceñimos a la explotación.

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Pasamos la mayor parte de nuestras vidas en algún punto entre dos extremos, y ambos nos aportan distintos beneficios. Si no fuéramos exploratorios, jamás nos hubiéramos aventurado a salir de nuestras cuevas. Y si no fuéramos explotadores, hubiéramos tomado demasiados riesgos y quién sabe, quizá ya estaríamos extinguidos.

Debido a ello, queda bastante claro que la existencia de un balance entre ambas tendencias es necesaria para que podamos seguir avanzando y desarrollándonos. Por lo tanto, también lo es que seamos capaces de liberar nuestra mente de pensamientos excesivos para poder ejercitar nuestras capacidades creativas. Para lograrlo, podemos empezar dedicando al menos un rato al día a relajarnos, dejar los problemas aparcados, y descubrir lo que nuestra despejada mente puede ofrecernos. Porque seguro que nos deja boquiabiertos.


Con información de The New York Times y Mind Blog. Imágenes de Pixabay (1, 2)  y Pexels

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