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¿Cómo consigue la naturaleza hacer piedras tan perfectamente esféricas?

Pese al empeño de muchos por no cuidar de ella, hay ocasiones en las que la madre naturaleza tiene a bien regalarnos  creaciones tan increíbles que parece imposible que hayan brotado de la Tierra. Es lo que ocurre con las rocas esféricas que han surgido en distintas partes del globo y cuya perfecta geometría ha llevado a investigadores y curiosos a tratar de averiguar su origen, para así descartar o corroborar teorías tan disparatadas para algunos como evidentes para otros.

De hecho, hay especulaciones para todos los gustos. Que si son restos de gigantes que un día pulularon por este planeta, que si podría tratarse de reliquias que olvidaron los dioses o, yendo aún más allá, otros plantean que se trate del legado de especies que habitan otros lugares del universo que nos dejaron este recuerdo cuando visitaron este pequeño rincón de la Vía Láctea.

Uno de los últimos casos que suscitó el debate en torno al origen de estas esferas de piedra tuvo lugar cuando una de ellas apareció en mitad de un bosque de Bosnia en marzo de 2016. Con 3 metros de diámetro y en torno a las 30 toneladas de peso, hubo ciertos expertos que plantearon la posibilidad de que se tratase de una obra de una tribu que ocupó aquella zona mucho tiempo atrás. Por su parte, también hubo quien ponía sobre la mesa la posibilidad de que se hubiera formado, como ocurre con tantas otras en distintos lugares del planeta, a causa de un fenómeno natural conocido como concreción.

Se conoce así al proceso mediante el cual diminutas partículas minerales se pegan unas con otras alrededor de un núcleo, a menudo orgánico (como puede ser un fósil), y entre ellas se va generando una especie de cemento que las acaba uniendo. En otras ocasiones se ha encontrado que el núcleo de estas formaciones podía ser algo más inusual. En las más recientes, sin ir más lejos, ha aparecido metralla y bombas de la Segunda Guerra Mundial en el origen de las concreciones. Sea uno u otro su núcleo, lo que ocurre es que, con el paso de los años, acaban surgiendo formaciones compactas de una dureza mucho mayor que aquellos materiales que las conforman.

Su forma redonda tan perfecta se debe, según algunos expertos de la Sociedad Geológica, a la erosión esferoidal, un fenómeno que afecta a la roca madre y que provoca que se formen distintas capas concéntricas o esféricas en rocas ya sumamente desgastadas. Un claro ejemplo son las gigantescas Moeraki, unas rocas esféricas que se encuentran en la playa de Koekohe, en la región neozelandesa de Otago. Datan de 60 millones de años atrás, cuando se desprendieron de una formación rocosa del Paleoceno, y posiblemente hayan sido necesarios otros tantos millones de años hasta que se creasen estas rocas que a día de hoy superan los 2 metros de ancho.

Durante mucho tiempo, las concreciones se han considerado curiosidades geológicas por lo que, como comentábamos antes, siempre han despertado el interés de expertos geólogos y amantes de esta materia. Algunas de las más impactantes son aquellas que se pueden ver en el Parque Nacional Theodore Roosevelt, en Dakota del Norte, donde algunas tienen un diámetro de casi 3 metros, y sobre todo las que se pueden visitar en la formación Qasr el Sagha, en la ciudad egipcia de Fayún, donde hay algunas rocas esféricas con hasta 9 metros de diámetro.

Entre las que podemos encontrar en uno u otro lugar del planeta existen diferencias. Por ejemplo, en cuanto al color. Esto varía en función de los minerales que las compongan. Los más usuales son los que están compuestos de carbonato cálcico, como pueda ser la calcita, o aquellos pertenecientes al grupo de los óxidos e hidróxidos, tales como la goethita y la hematita. Estas últimas concreciones, por norma general, tienden a presentar un tono más rojizo.

Pero no es la única diferencia que existe entre las rocas esféricas que podemos encontrar a lo largo y ancho del globo. En función de su estructura, también hay distintos tipos. Por ejemplo, están las llamadas ‘septarias’ que son aquellas en cuya superficie presentan grietas a medida que nos acercamos al núcleo. Esto se debe a que el material de la parte exterior es más rígido que el que se encuentra en las capas más profundas. A este grupo, sin ir más lejos, pertenecen las Moeraki de Nueva Zelanda. Aunque la mayor parte de las concreciones son esféricas, como los llamados mármoles de Moki que se encuentran en distintas partes del estado de Utah, otras presentan una forma alargada. Las más conocidas son las de Kimmeridge, formadas con la arcilla propia de esta localidad situada en el condado inglés de Dorset.

La pena es que, pese a que aún podemos visitar numerosas de estas sorprendentes formaciones rocosas, otras muchas quedaron hechas añicos por culpa de aquellos que al encontrarlas sintieron la curiosidad de saber si había algo -muchos querían pensar que oro- en su interior. Y, claro, en busca de su ansiado tesoro acabaron por destruirlas.

¡Atención! Que no todas son naturales

Aunque no podamos evitar mirar atónitos estas gigantescas rocas esféricas si tenemos la suerte de visitar algunos de los lugares donde se encuentran, debemos estar atentos para que no nos den gato por liebre. Que de la misma forma que la naturaleza es capaz de crear concreciones de hasta 9 metros de diámetro, nuestros antepasados también fueron capaces de tallar piedras con esta forma y con dimensiones similares.

Por ejemplo, todas las investigaciones en torno a las formaciones rocosas encontradas en el pueblo de Diquís, en Costa Rica han corroborado que esas rocas fueron realizadas por la mano del hombre. Cómo se las ingeniaron para hacerlas es todo un misterio, pero no debió ser fácil para aquella civilización primitiva crear rocas redondas de hasta 15 toneladas de peso. Ahí es nada.


Con información de AltasObscura, LaVanguardia, Forbes y Wikipedia (y 2)

Las imágenes de este artículo, por orden de aparición, son obra de karlnorling, Bernard Spragg. NZ, Graeme Scott, Jan Smith, Bernard Spragg. NZ, pen_ash y Wikipedia

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