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Los trapos sucios de los maestros de la literatura que no te contaron en el colegio

La historia de la literatura universal está plagada de luces, pero también es necesario apuntar que alberga alguna que otra sombra entre tanta genialidad. Muchos maestros de la escritura compartían su rutina diaria de literatos con misteriosas actividades o enfermedades que en muchas ocasiones marcaron su vida y su obra. En su mayoría desconocidos o directamente ignorados por los libros de enseñanza, estos trapos sucios nos ayudan ahora a empatizar con la parte más humana y a veces más prosaica de los grandes nombres de la literatura.

Desde inesperados coqueteos con la delincuencia protagonizados por autores como Herbert George Wells o Emilia Pardo Bazán hasta extraños trastornos como la narcolepsia de Dante Alighieri, pasando por el ‘delirium tremens’ que provocaba a Edgar Allan Poe alucinaciones y pesadillas, los secretillos de estos autores bien podrían ser relatos paralelos que ilustran más a fondo sus vidas.

Los que utilizaban su nombre para delinquir

La escritora gallega Emilia Pardo Bazán fue una abanderada de los derechos de la mujer a finales del siglo XIX y principios del XX. Autora de grandes obras como ‘Los pazos de Ulloa’, pertenecía a una familia aristocrática con una fuerte tradición conservadora y carlista. Carlos María de Borbón, pretendiente al trono y exiliado en París, quiso sacar provecho de esta situación y propuso a la escritora ayudarle a traer 30.000 fusiles desde Londres de forma clandestina.

Pardo Bazán aceptó y se metió todos los florines de oro con los que debía comprar las armas en el escote y consiguió pasar todo el botín de noche por la frontera. Una vez en España fue acusada de traición, pero su fama sirvió para que el gobernador de La Coruña no se atreviera a detenerla. Años después, la propia novelista reconocería que ya no era tan carlista y que aquella época correspondía a “las fiebres de la juventud”, un espíritu guerrillero que la llevó a burlar las fronteras de dos de los países más poderosos de Europa.

Otro escritor que se valió de su popularidad para cometer pequeñas pillerías fue el autor de ‘La guerra de los mundos’, H.G. Wells. Tras una fiesta en Cambridge, Wells llegó a casa con el sombrero de otro hombre, nada menos que el del anfitrión. Ocurrió accidentalmente, pero al escritor le gustaba mucho su nuevo sombrero, por lo que decidió escribirle una carta a su dueño confesando el robo y explicando que no se lo devolvería: “Siempre que mire en su interior pensaré en usted, en su excelente jerez y también en la ciudad de Cambridge. De hecho, ¡permítame quitarme el sombrero ante usted!”

Enfermedades que marcaron grandes obras

Siete siglos después de la muerte de Dante Alighieri un académico italiano parece haber encontrado un diagnóstico plausible: sufría narcolepsia, un trastorno neurológico del sueño. De hecho, su obra más célebre, la ‘Divina comedia’, comienza con el protagonista “lleno de sueño” y con un “cuerpo cansado” y continúa con escenas que describen los síntomas de alguien que padece narcolepsia: “despertarse con los ojos descansados” o “caer al suelo como un cadáver”.

El protagonista de la ‘Divina comedia’ era el propio Dante, por lo que algunos apuntan a que tal precisión descriptiva no puede ser accidental. El sueño, las alucinaciones y las caídas de Dante en su obra podrían ser un rasgo patológico de su propia vida. La narcolepsia está causada por la incapacidad del cerebro de regular los patrones del sueño, lo que significa que además de tener el sueño alterado por la noche, los afectados tienen sueños repentinos durante el día y a veces caen redondos sin previo aviso, tal y como describe Dante en su novela.

Por su parte, al autor de ‘Un mundo feliz’ también le acompañó durante toda su vida una extraña dolencia que marcó su obra. Aldous Huxley sufrió una enfermedad ocular conocida como queratitis punteada y que tenía consecuencias sobre su capacidad de visión. Así, Huxley llegó a estar 18 meses totalmente ciego, y aprendió a leer en braille. Después fue recuperando la vista, pero se le cansaba al leer tanto, por lo que empezó a leer a oscuras en la cama libros en braille. Toda esta experiencia marcó su novela conocida como ‘El arte de ver’.

Rituales que se convertían en manías obsesivas

Por otro lado, muchos escritores han recurrido a ritos y metodologías que podían rayar la demencia a la hora de encontrar la musa de sus textos. Por ejemplo, el poeta alemán Friedrich Schiller escribía con los pies metidos en un barreño lleno de agua helada para mantenerse despierto. Y siempre tenia un cajón lleno de manzanas podridas en su escritorio para inspirarse con su olor pestilente. En cambio, a Lord Byron le inspiraba el aroma de las trufas y por eso siempre solía llevar algunas en sus bolsillos.

Por su parte, el autor belga Georges Simenon escribía sin parar y para ello tenía muchísimos lapiceros perfectamente afilados en su escritorio. Solo una persona además de él podía tocarlos: su mujer, que era la encargada de sacarles punta diligentemente. Aunque para meticuloso (o no, según se mire) Victor Hugo, que se desnudaba por completo cuando le fallaba la inspiración: le ordenaba a su criado que se llevase la ropa y no pedía que se la devolviesen hasta que había escrito, al menos, cinco cuartillas.

Otros que también gustaban de escribir en porretas fueron Jack LondonErnest Hemingway (lo hacía desnudo, de pie y con la máquina de escribir colocada a la altura del pecho), Agatha Christie (que prefería hacerlo en la bañera) o Ray Bradbury, que afirmaba que se sentía libre escribiendo sin ropa. Pero con la corbata puesta, para que no faltase el toque de elegancia.

Los excesos de los grandes genios

La estrecha relación de los escritores con los estimulantes (especialmente el alcohol) y la creatividad es por todos sabida. Pero el célebre novelista francés del siglo XIX, Honoré de Balzac, utilizaba otro método: ingerir el equivalente a 50 tazas de café diarias para “ponerse rápidamente en marcha, como los batallones de un gran ejército dirigiéndose a su terreno de combate legendario”, según dejó escrito.

Este motor constante le permitió escribir nada menos que 85 novelas en 20 años. De hecho, él mismo decía poder estar trabajando en una obra 15 horas seguidas, pero su adicción y tolerancia llegó a tal nivel que necesitaba tragarse los granos de café directamente con el estómago vacío para que le hicieran efecto. Su rutina de trabajo consistía en irse a la cama a las seis de la tarde para después levantarse a la una de la madrugada, pasarse el día escribiendo y tomando café, y después dormir otras siete horas.

Pero más allá de la cafeína, el alcohol es el protagonista indiscutible en los excesos y búsquedas de inspiración de los escritores, desde Lope de Vega (con vino y tapa) a Charles Bukowski (que lo acompañaba con todo tipo de drogas). Para el maestro de las novelas de terror y suspense, Edgar Allan Poeel alcohol tenía una categoría de paliativo, no de estimulante. Buscaba aliviar su depresiones y ansiedades, que marcaron fuertemente su obra, ya que, como decía Baudelaire, “Allan Poe escribía para ser”.

Y en esa fuerte sinergia entre su literatura y su vida real, se entremezclan alucinaciones, locura desbordada y terror. Hay quienes apuntan a que estas patologías derivaban seguramente del ‘delirium tremens’, que es el cuadro confusional producido por la abstinencia de alcohol y a la cual remite la autopsia de su misteriosa muerte en 1849. El propio Poe hacía una sutil confesión en un novela ‘El gato negro’: “¿qué enfermedad es comparable al alcohol?”.

El alcohol, por lo tanto, cumplía en Poe una función paradójica: le ofrecía el letargo necesario para calmar sus angustias a la vez que su caos se agudizaba. Esta agonía está presente de forma indirecta en todas sus obras y fue el duro precio a pagar para escribir cuentos de terror soberbios. Nada raro, por otra parte. Al fin y al cabo, en el ingenioso mundo de las letras quién más y quién menos ha guardado sus secretos y trapos sucios, unas historias personales que a su vez dicen mucho de las obras que escribían.


Con información de The Guardian, Libropatas, BBC y El Espectador. Imágenes de Pixabay (1, 2, 3 y 4)

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Comentarios: 1

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Comentario Sir Torpedo | noviembre 11, 2017 | 10:09 am

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