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Por qué Manuel Rivas no debería temer al e-book

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Manuel Rivas vive de las palabras que escribe, unas publicadas en libros, otras en periódico y otras en Internet. En un futuro muy próximo, tal vez ya, vivirá también de las palabras que alguien lea en un libro electrónico. Sorprendentemente, al autor parece espantarle esta nueva línea de potenciales ingresos. El e-book, dice Rivas en su columna semanal en El País, es “volver a inventar la rueda”.
El repentino ataque de ludismo del afamado escritor gallego parte de una concepción errónea de lo que es cultura. Según la concepción de Rivas, “una ciudad existe cuando hay media docena de buenas librerías”. ¿De veras? ¿Por qué media docena y no dos docenas, por ejemplo? ¿Por qué una librería va a tener la patente de corso de la distribución de la cultura y no una biblioteca o un cibercafé? Encerrar una concepción de la vida –de la ciudad, en este caso- en los esquemas mentales del autor y en las prácticas comerciales más o menos obsoletas de un gremio de minoristas es hacerle un flaco favor a la cultura y a la literatura.
Rivas cita en su artículo a Umberto Eco, el semiólogo italiano que definió la popular distinción entre “apocalípticos” e “integrados”. En este asunto en concreto, el columnista se adscribe sin dudarlo en el primer grupo. En realidad –y este es otro error de Rivas- el nacimiento de un nuevo formato no supone una merma del antiguo: el Kindle no matará al libro de bolsillo, no todavía, y el día que lo haga será porque los lectores habrán encontrado suficientes ventajas como para optar por el primero. Por tanto, no estaremos reinventando la rueda sino mejorándola. La invención del vídeo disparó varios órdenes de magnitud los ingresos de la industria del cine, por mucha pena que nos dé el cierre de los monumentales cines del siglo XX.
No hablamos aquí de “Faherenheit 451” ni de aniquilación de la cultura ni de la literatura sino simplemente de la apertura de una opción más para que las palabras lleguen del escritor al lector. “El libro alimenta un ecosistema ahora en peligro”. Sin duda: el ecosistema mutará porque todo es cambiante, como bien sabe cualquier lector –en papel o en pantalla- de “Tao te king”. Las opciones de entretenimiento del público han crecido exponencialmente en las últimas décadas pero muchas de las librerías que Rivas reivindica siguen funcionando como cuando Ramón Jota Sender ganaba el Planeta.
Lo que probablemente teme Rivas, y es lícita su preocupación, es que al desvanecerse su condición física los libros acaben entrando en el mismo saco que los discos y las películas: agregados de bits fácilmente copiables y reproducibles sin pasar por caja. Si se refiere al bolsillo entonces estamos hablando de otra cosa.
Disclaimer: Todo esto lo afirma alguien que no tiene libro electrónico (ni ganas), es socio de varias bibliotecas y lee todo lo que puede en papel.
Reproduzco a continuación la columna “El héroe” de Manuel Rivas en El País:

La cualidad que más se destaca del e-book o libro electrónico es que es una cosa que casi consigue parecerse a un libro de verdad. ¿No es maravilloso? Estamos a punto de inventar la rueda y el rodaballo. Es enternecedor el júbilo con que recibimos a los nuevos cacharros. Y ellos agradecen ese humanismo. Si tú dejas dos aparatos solos en casa y vuelves al cabo de una semana te encontrarás con una decena de cucarachas electrónicas alrededor del cacharro progenitor. Ése es el equívoco ecológico del e-book. Las montañas de papel serán sustituidas por depósitos de chatarra ilustrada y oxidada. Lo sospechoso es que haya tantos despistados en este festivo entierro. El libro alimenta un ecosistema ahora en peligro. Una ciudad existe cuando hay media docena de buenas librerías y todavía se oye el zumbido de una minerva imprimiendo poemas sonámbulos. Acaba de aparecer en Francia la última obra de Umberto Eco, mano a mano con Jean-Claude Carriére, con un título bravo: No esperéis acabar con los libros. No, no acabarán con los libros mientras existan héroes como Benigno. Las crisis depredadoras queman más gente de la que pueden comer. Trabajador del sector naval en Vulcano de Vigo, luchador sindicalista, Benigno Campos era un buen candidato al churrasco general. Pero la patria de su infancia había sido un ultramarinos en el barrio de Chapela, el equivalente para Ulises a la huerta de Ítaca. Prejubilado forzoso, organizó un curso de cocina con 25 compañeros arrastrados por la tempestad económica. Se alzaron en el fogón. Fueron protagonistas de una revolución doméstica. Desde hace meses, Larpeiros (Golosos), la obra de recetas de Benigno, se ha abierto paso entre best sellers, y encabeza todas las estadísticas de venta en Galicia. Lo reciben multitudes libro en mano en librerías y mercados. Con Marcel Proust y su magdalena en popa, y Benigno Campos y su pulpo en proa, no conseguirán hundirnos.

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