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Al que no le guste el vino es un animal: los alegres ratones bodegueros de Jerez

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Es difícil encontrar en otras partes del mundo una relación tan simbiótica y amigable como la que mantienen los bodegueros de Jerez desde el siglo pasado con unos simpáticos ratones que viven entre los toneles. Como lo demuestra esta foto, donde hasta les ponen una pequeña escalerilla para que puedan encaramarse a una copa de vino dulce para beber su contenido, al que parece se han aficionado.

Se trata de una sorpresa con la que una bodega de Jerez de la Frontera, en concreto la de González Byass (ya saben, Tío Pepe), agasaja a los visitantes y turistas de sus instalaciones desde hace años. Los llaman “ratones bodegueros”, y según afirman, es una clase muy especial de roedor que se alimentan de los insectos dañinos que habitan en las maderas de los toneles, y que son perjudiciales para el resultado final del vino.

La historia de esta relación antinatura (y que el vino ha unido) la protagoniza un venenciador (los operarios que sacan el vino de los toneles con ese cacillo de mango largo), que hace tiempo, en los descansos de su trabajo, mientras se comía un bocadillo, vio como unos ratoncillos se le acercaban para comer las miguitas que caían del pan.

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Se llamaba José Gálvez Buzón, Pepe Gálvez para los amigos, y era un hombre que tuvo toda una vida de entrega a su trabajo y a la Casa, hasta que se jubiló en 1956. “Poco a poco, día a día, este buen hombre se fue haciendo amigo de los ratones, a los que daba trocitos de su comida para atraerlos. No contento con eso, empezó a dejarles probar el vino, y a los roedores debió de gustarles, porque volvían a por más” cuentan las crónicas de estas visitas.

Poco a poco, Gálvez y los ratones se fueron haciendo amigos y, cuando el capataz iba a comer, tocaba una campanita para que salieran de sus madrigueras y lo acompañasen. Pero como era muy trabajador, también reprochaba a los ratones que comieran y bebieran gratis, por lo que el hombre decidió ponerles una escalerilla para que tuvieran que ganarse por sus propios medios el borde del vaso, que pacientemente les llenaba en cada jornada.

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Todavía hoy en día, cada vez que vienen las visitas, ponen en el suelo una copa de vino dulce y una pequeña escalera, de tal manera que los ratones de González Byass salen de la oscuridad para avalanzarse sobre el sabroso cáliz, sin importarles si aquellos que miran con los ojos como platos son humanos o gatos, pues ellos ya forman parte del patrimonio intocable del bodeguero de Jerez.

Es entonces cuando la frase “sabes más que los ratones colorados” cobra todo su sentido, pues lo que están es colorados de beber tanto vino.

Fuentes y Fotos: Diario de Jerez y Planes con hijos. Y lo cuenta en prosa Don Pío, protagonista del libro ‘Los alegres ratoncitos de Jerez, de José María Sánchez-Silva, autor también de Marcelino, pan y vino

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