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¿Es el budismo el ING de las religiones?


El banco holandés ING hizo fortuna al introducirse en España como “tu otro banco”. En un país en el que los vínculos con el banco son más sólidos que con tu cónyuge la única forma de abrirse hueco es recurrir a una “promiscuidad financiera consentida”: no hace falta que abandones tu Banesto, tu Caixa o tu Santander de toda la vida, tan sólo basta con que desvíes a una cuenta naranja esos ahorros que ahora penan en tu cuenta corriente.
La estrategia de incursión del budismo en el mercado de almas occidental guarda más de un paralelismo con la de ING. Más allá del color corporativo (para los budistas el naranja simboliza el grado supremo de perfección) el budismo es compatible con casi cualquier otra fe. De hecho, no existe tal cosa como la conversión al budismo: uno puede ser un poco budista, practicar la meditación budista o cantar mantras tibetanos mientras sigue acudiendo a su iglesia de toda la vida, su BBVA de la fe, por seguir estirando el paralelismo.
Muchos religiosos católicos se han sentido atraídos por los métodos del budismo (el recientemente fallecido teólogo Enrique Miret Magdalena era un entusiasta meditador). En Japón, el budismo zen convive sin conflictos con el sintoísmo: no es raro que una misma familia honre a sus muertos por el rito sintoísta pero practique el budismo. En la India el budismo se ha impregnado del arrebatado vitalismo del hinduismo y en China el budismo resurge, como contrapunto del confucianismo, la filosofía de vindicación del orden social. Sin embargo, el budismo en occidente se nutre más de sectores laicos, desencantados algunos del vacío existencial al que aboca el ateísmo, atraídos hacia esta peculiar religión, que no tiene ni Dios ni dogmas ni pecados. En España hay 80.000 budistas y 200.000 “simpatizantes”, según Budismo.com.
En su posición de religión minoritaria, el budismo necesitaba un banderín de enganche con las almas occidentales y lo ha encontrado en la felicidad. No deja de ser una paradoja que una religión agónica, que considera que la vida es sufrimiento (noble verdad de Buda) se arrogue la etiqueta de la felicidad. Aunque la paradoja cobra sentido si se observa desde otro ángulo: el budismo no es tanto una religión como una sofisticada escuela de psicología y su herramienta, la meditación, es probablemente el método más eficiente para romper con las raíces del sufrimiento: apego, miedo, ignorancia.
Ayer mismo uno de los embajadores más notables del budismo, el lama danés Ole Nydahl, ofreció en Madrid una conferencia con el título “Budismo y felicidad”. Ante un auditorio entregado, Nydahl lanzó su particular interpretación de las enseñanzas de Buda: “El mundo es un sueño colectivo que vemos a través de las gafas coloreadas por nuestro estado mental”. Conclusión: una mente airada percibirá un mundo violento, una mente pusilánime un mundo amenazante.
De la imagen, un tanto estereotipada, que los occidentales tenemos de Oriente en general y del budismo en particular también está sacando provecho el pequeño y remoto reino de Bután (de nuevo el naranja). El rey ha conseguido situar a su pequeño país en el mapa gracias a la su propuesta del índice de la Felicidad Nacional Bruta, como complemento o sustituto, llegado el caso, del Producto Interior Bruto, “que sólo mide el desarrollo material de una sociedad”.
La razón principal de la presencia de Ole Nydahl en Madrid fue la apertura de un nuevo centro del Camino del Diamante, a orillas del Manzanares.
Por otro lado:
¿Son estos los países más felices del mundo?
La probabilidad de Dios.
Los norteamericanos deberían hacerse los suecos.
La religión como paranoia colectiva.
-¿Por qué la gente emigra hacia países más infelices?

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