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De cómo la apendicitis tienen mucho que ver con la forma de hacer de cuerpo


El famoso apéndice, ese órgano considerado durante mucho tiempo un vestigio gratuito de nuestros antepasados, no es un colgajo inútil que está ahí por estar. La mayoría de médicos occidentales son de la opinión que no existen problemas de salud derivados de su extirpación, un pensamiento motivado quizá para dar salida efectiva a los numerosos ataques de apendicitis que se producen en nuestro mundo desarrollado: 1 de cada 10 personas.
Avalancha de casos que se contrapone curiosamente con los pocos de las poblaciones menos desarrolladas de Asia, Oriente Medio o Africa. Existe una razón para esto y se encuentra en el tipo de inodoro que utilizamos para obrar.
La posición natural del ser humano para defecar ha sido durante milenios la conocida como “en cuclillas”, la que todavía siguen utilizando miles de millones de personas en el mundo, para los cuales un retrete con asiento de loza es solo un acto de esnobismo evolutivo.
Y precisamente es el uso generalizado de los retretes sentados una de las causas subyacente de la alta incidencia de apendicitis en los países occidentales. Verán por qué.


El apéndice es un pequeño tubo estrecho que cuelga desde el ciego, la primera parte del colon, la porción donde comienza el intestino grueso. Los residuos de los alimentos en el intestino delgado desembocan en el ciego a través de la válvula ileocecal. El ciego debe ser purgado de residuos a diario, a poder ser. Si no, se secan y se convierte en residuos pegados a las superficies internas del ciego.
La apendicitis se produce cuando el apéndice se inflama cuando se obstruye con esta basura (por eso es muy importante sacarla a diario), aunque también existen otros agentes que causan bloqueo del apéndice (cuerpos extraños, trauma físico, gusanos intestinales…)
En la posición en cuclillas, el muslo derecho presiona contra el abdomen inferior derecho y aprieta el ciego en su base. Esta acción de compresión empuja los residuos fuera del apéndice y de la válvula ileocecal, hasta el colon ascendente donde seguirán su viaje, mientras la apertura del canal del apéndice se mantiene limpio como una patena.

En la posición sentada, no hay muslo que apriete el ciego; como mucho un codo que deja roja la pernera. Además, el colon no está preparado en el ángulo adecuado para la evacuación. Como resultado, existe una necesidad de empujar hacia abajo con el diafragma, mientras se mantiene la respiración.
Esta acción de inflado tan conocida por todos lo único que hace es presurizar el ciego en la dirección equivocada (hacia abajo) en contra del apéndice y la válvula ileocecal. Es como apretar un tubo de pasta dentífrica por el medio, haciendo que el fondo del tubo (que sería el ciego) se infle.
Esta presión puede forzar de nuevo a los residuos a quedarse en el apéndice, inflamándose por las posibles infecciones. También el acto de empujar desde dentro puede abrumar a la válvula íleocecal y hacer que los residuos se filtren en el intestino delgado. Esta contaminación del intestino delgado es la causa de la enfermedad de Crohn.
Por tanto el apéndice no está «mal diseñado» o no sirve para nada. Al igual que el resto del colon, fue diseñado por la sabia evolución para que se mantuviera niquelado al obrar en cuclillas, que es como se ha hecho desde la noche de los tiempos.
Para muchos occidentales, adoptar esta postura ya no sólo resultará incómoda, sino también imposible sin gastarse un dinero en fontanería, para adaptar el sanitario actual a una letrina de agujero.
Por eso el mercado está lleno de opciones y extrañas plataformas que se adosan a los baños para que su usuario pueda defecar en cuclillas en su propio domicilio y, ya de paso, iniciarse en el nuevo rito del obrar consciente.



Fuente: The Astonishing Truth AboutSitting Toilets That You’ll Never Hear About, con confirmación de la Wikipedia

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