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El extraño valle inquietante de la robótica: más allá de las máquinas que parecen humanas


Desde hace décadas existe un concepto interesantísimo en robótica denominado el valle inquietante. En inglés lo llaman uncanny valley, en castellano a veces también se traduce como valle inexplicable; mi favorita es la que incluye el término inquietante, porque creo que es la que mejor describe las connotaciones del asunto. Recordemos Blade Runner, donde los replicantes eran fabricados para ser «más humanos que los humanos»; en diversas películas hemos visto androides casi perfectos, prácticamente indistinguibles (como los de Alien o Galáctica: Estrella de combate) o relativamente muy bien conseguidos, como los de A.I. Inteligencia Artificial y tantas otras. La versión menos realista serían androides con formas vagamente humanas como las de C3PO en Star Wars: chismes con forma humana pero rasgos lisos y claramente metálicos.
La hipótesis del valle inquietante es algo con lo que se encontraron en el mundo real los diseñadores de robots al ir «humanizando» sus diseños. Analizaron la respuesta que las personas tienen ante el aspecto externo de los robots-androides. En vez de sentirse más a gusto y mostrar un mayor grado de aceptación de forma lineal a medida que el androide tiene rasgos cada vez más humanos (en otras palabras: un robot metálico resultaba un poco incómodo, pero un clon totalmente humano parecía muy agradable) la gráfica se hundía misteriosamente en una zona inexplicable. Era el valle inquietante de la gráfica: esas máquinas que sabemos que son androides pero que tienen unos rasgos demasiado humanos, rasgos móviles como de animatronic, que no permiten distinguir fácilmente cuánta humanidad hay tras sus vidriosos ojos, como si fueran muñecos de cera. Superado cierto punto, cuando esos androides son casi clones perfectos o el maquillaje está cuidadosamente aplicado el grado de aceptación vuelve a crecer; de hecho la teoría sugiere que de existir replicantes como los de Blade Runner y tantas otras películas –indistinguibles a simple vista– el grado de aceptación podría ser tan bueno como para una persona normal. (Los que critican la hipótesis del valle inquietante precisamente argumentan que como no existen todavía esos androides no podemos conocer en realidad cuál es nuestra respuesta).

Cuando se habla del «grado de aceptación» es obvio que es algo que varía de persona a persona, pero es fácil de distinguir por ese sentimiento instintivo de repelús, mal rollo o sorpresa; a los niños puede inspirarles temor y miedo incluso aunque se les explique que se trata de un robot. Los expertos, como Masahiro Mori, que fue quien describió el fenómeno hacia 1970, lo atribuyen a nuestra capacidad de empatía y a la vez a las alertas que se nos disparan cuando algo parece falsamente humano. También sugieren que puede tener que ver con que los androides parecen humanos muertos que sin embargo se mueven, algo aberrante para lo que tampoco estamos preparados, del mismo modo que suele producir cierto rechazo inicial ver a una persona con miembros amputados reemplazados por prótesis mecánicas.
Algo parecido sucede con los muñecos de las películas de animación por ordenador de los últimos tiempos: los que están diseñados como verdaderos seres animados a modo de caricaturas pueden resultar divertidos, como los peluches (Shrek, Planet 51, Pocoyó y tantas otras); otros demasiado humanizados, pero lejos de la perfección, se nos antojan extraños y en cierto modo un poco repulsivos, como pudieran ser los de películas como The Polar Express o Beowulf.
En estos tiempos en los que cada día aparecen nuevos robots y androides se diría que incluso el fenómeno puede ir más allá: me refiero a robots –no necesariamente androides– cuyos gestos y comportamiento nos producen empatía o rechazo probablemente por razones parecidas. Un ejemplo de situación agradable y empática es ver a Asimo aprendiendo cosas. El robotito es claramente no-humano, de plástico, pero los pequeños gestos que hace, las pausas, los movimientos aleatorios, hacia dónde dirige la mirada o cómo mueve las manos le infieren un toque de humanidad difícil de igualar, por mucho maquillaje que se le ponga. El fenómeno se asemeja a algunos sistemas de reconocimiento de voz a los que mientras vas hablando contestan con un «Ajá… Mmmmm… Ajá…» Esos murmullos habituales de las personas nos ayudan a interactuar más fácilmente con la máquina: es un pequeño truco que dicen que incluso ayuda a la gente a hablar de forma más relajada, y a que el sistema de reconocimiento funcione mejor.
En el ejemplo contrario, ver las imágenes de robots como Petman, el RISE V3, el robot trepador</a>, A-Pod, el robot hormiga o, el más impresionante de todos, BigDog, puede ser tan apasionante como a la vez inquietante: seres metálicos fácilmente identificables que parecen comportarse como verdaderos animales salvajes, con respuestas adaptables, gestos rápidos y casi amenazadores… ¿tal vez es la parte más reptiliana de nuestro cerebro la que exclama «¡peligro!» cuando los vemos? Algo parece que no está bien en esos chismes, en cuanto a la relación empática que puede haber con ellos. Tal vez se nos haga extraño ver cómo unas piernas imitanm demasiado bien el andar humano, o cómo los diversos bichos se parecen demasiado a cosas que podemos considerar amenazadoras, como insectos o animales enormes de cuatro patas. Los últimos segundos del vídeo de A-Pod son interesantes pues muestran a dos niños encantados y riendo con «juguete»… aunque no tengo claro muy cuál sería su reacción si se lo encontraran por sorpresa en un entorno más hostil.
Todo esto me parece una aventura realmente apasionante a la que tendrán que enfrentarse los ingenieros y los psicólogos que trabajen en el desarrollo de los robots y androides del siglo XXI y XXII: cómo hacer que nuestros compañeros mecánicos se integren en la sociedad sin parecer amenazadores. Probablemente soluciones como las de Asimo en las que el robot tiene forma humana pero no exageradamente humana sean las mejores; tal vez acabemos rodeados de personajes amables y graciosos como los de los dibujos animados. El hecho de hacerles aprender trucos como los de los gestos y respuestas visuales o sonoras a base de pequeños movimientos a los que estamos insintivamente acostumbrados puede que ayude mucho a que los humanos nos sintamos cómodos con ellos. ¡Ah! Tras tantas y tantas pelis con robots y al final va a resultar que el más realista y práctica va a ser… nuestro viejo amigo C3PO.
{Fotos (CC): HRP-4C por Yoggy0 / Uncanny Valley por Fabian the Blind}

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