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Facebook y el yo exhibicionista


Si no somos más sociables en Internet, es porque el cerebro no da para más. Durante bastante tiempo se defendió dentro de las investigaciones sobre social media que éstas componían -salvo excepciones- un mapa de las relaciones sociales similar al que se da en nuestra vida diaria. Aquello de que el número de amigos en Internet era similar al de Dunbar pasó a mejor vida cuando se descubrió que el único techo lo marcan las interacciones reales que podemos tener al mismo tiempo, pero en ningún caso el número absoluto de conexiones. De hecho, apenas llegamos a tener contacto permanente con poco más de una decena.

En Twitter, por muchos followers que tengamos, apenas seguimos a 35 usuarios de forma regular.

No es nuevo. A muchos nos ha ocurrido lo mismo que ya profetizó en 2008 Martin Varsavsky, inversor en tecnología (fundador de Jazztel, FON y con capital en Menéame, XING, Tumblr y otras). Decidió por aquel entonces que era el momento de no poner límite a sus amistades virtuales ante la imposibilidad de controlarlas. Como él, difícilmente alguien puede mantenerse a largo plazo con unos 150 contactos. Primero, porque mientras que nuestros colegas del mundo real son variables (unos vienen y otros van) y nuestro tiempo es limitado; en Facebook los contactos se acumulan y el espacio es virtualmente infinito (5.000 hasta hace unos meses). De este modo convertimos el servicio en una especie de agenda de contactos vital porque “quien sabe cuándo voy a querer contactar con él/ella en el futuro”. Segundo, porque en la naturaleza de las redes sociales tiene más fuerza el exhibicionista que llevamos dentro.
¿Y la privacidad? Al diablo con ella. Celoso hasta el aburrimiento de mi intimidad, la única solución pasa por no publicarla. Si revisamos los últimos cambios realizados por el imperio de Zuckerberg todos van enfocados a ensanchar el escaparate personal. Fuera la cortina de humo, nos encontramos con un perfil nuevo mucho más personalizable y vistoso, la visualización constante de actualizaciones en el margen derecho, el muestreo de las reproducciones en Spotify y una limitación en las opciones de privacidad.
Se puede esgrimir que con las nuevas opciones de suscrpción y las listas protegemos nuestros secretos. En realidad, sólo se conduce el canal de entrada de información ajena hacia nuestra timeline, pero no el de salida. La culpa no es sólo de los de Palo Alto, es que al margen de puntuales denuncias, la privacidad no deja de ser un problema en segundo plano, el efecto secundario de la popularidad.
Google+ recibió aplausos por cuidar esto, pero su gran acierto no fue el de defender nuestra vida privada, sino presentar una forma razonable y cómoda de encauzar semejante cantidad de contactos y palabras. La marca del buscador sabía bien que pese a estar sobrados de información nuestra capacidad de seguimiento es limitada y ayudó a filtrarla gracias a los famosos círculos, lo cual le dio un aparente éxito todavía en proceso de demostración. Sin embargo, el deseo de ser seguidos no se corrompe. Facebook sirve para exponer nuestra vida social, Tumblr para los gustos estéticos, LinkedIn el perfil laboral y Twitter las reflexiones del momento. Si de algo sirve que sean cerradas es para mostrar a cada grupo lo que realmente interesa que vean.
Tener control sobre quién está interesado en nosotros no significa que no queramos que estos sean pocos, lo que nos preocupa es que sea cualquiera. Resulta curioso que, según la Universidad de Edimburgo, en un buen número de casos (32%) lleguemos a sentirnos mal por denegar una petición de amistad y la mayoría (63%) aplacemos responder a las solicitudes en Facebook. Aunque aparentemente nos encanta abrirnos a una buena cantidad de gente, medimos con cuidado a quienes. La cantidad de contactos no es un problema, sino la calidad de los mismos.
Nos presentaron la web 2.0 como la web colaborativa. Existe, pero es un fragmento muy pequeño de lo que debería llamarse la web expositiva o personalizable (por ahí se encamina la semántica, o 3.0 hacia la que se dice que vamos). Es imposible negarle el mérito a Wikipedia, pero echando un vistazo a los grandes triunfadores en social media, la colaboración y el buenrollismo brilla por su ausencia. Salvando nichos como Quora o Couchsufing, las masivas son Facebook, Twitter, Instagram o Tumblr, por no hablar de las (casi) extintas Fotolog o MySpace y las que no ennumero. Si la colaboración fuese la panacea no habríamos visto derrumbarse proyectos como del.icio.us o Google Wave. Si trabajar “a secas” no es devoción de nadie, lo de trabajar con otros no iba a ser una excepción.
Tantos estudios, tantas bendiciones y maldiciones se han echado sobre Facebook que parece que no haya nada nuevo que decir. Verdaderamente, aunque todavía queda mucho por estudiar, el fenómeno de las redes sociales genera estadísticas desde todos los ámbitos: economía, psicología, sociología, pedagogia y otros tantos que me dejo en el tintero; pero va llegando el momento de dejar de buscar datos y empezar a mirarlos. Sólo así podemos sacar agunas conclusiones más allá de si los jóvenes prefieren salir con sus amigos a responder a la pregunta “¿En qué estás pensando?”

Imagen |Buzzing Stories (CC)
Alberto Bernabé Sáez (@AlbertoBSaez), investigador en medios sociales.

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