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La probabilidad de Dios


La probabilidad de que Dios exista es del 67%, según el cálculo del físico Stephen Unwin a partir de una fórmula un tanto tramposa: parte de la base de que Dios puede existir o no, de modo que asigna un 50% de probabilidades de partida a cada una de las opciones. Utilizando la misma fórmula, el escéptico Michael Shermer rebajó esa probabilidad hasta el 2%. Para ello sólo tuvo que cambiar los valores propuestos por Unwin. Utilizando un método más o menos científico Dios puede ser una entelequia desde un 33% a un 98%. Como puede verse la ciencia, o este simpático simulacro, no aclara mucho más que la fe en el particular.
La edición de El País del domingo dedicaba dos artículos aparentemente antagónicos al fenómeno religioso. El primero era el habitual reportaje “en profundidad” sobre el tema candente, en este caso la controvertida afirmación de la contingencia de Dios que sirve como adelanto del libro de Stephen Hawking “The Gran Design” (“Si lo dice un científico, va a misa”). El segundo artículo era mucho más folklórico: las cuitas de las iglesias católica y evangélica por atribuirse el posible milagro del rescate con vida de los 33 mineros chilenos atrapados en la mina San José (“Milagro en Chile, ¿pero de quién?”).
Podría plantearse un experimento para comprobar la precisión del cálculo de Unwin: negar a los mineros la ayuda de la ciencia y esperar que el rescate se realice por gracia divina. Si obra un milagro y todos los mineros salen con vida deberíamos elevar el 67% a un rotundo 100%. Si se salvan dos tercios de ellos (22), el cálculo del británico sería correcto. Además, y en función de la religión que procesen los supervivientes podría determinarse con meridiana precisión qué Dios es el verdadero: el católico o el evangelista.
Aunque casi mejor que sean los ingenieros y la Nasa quienes se encarguen del rescate de los cuerpos y dejen a los curas la salvación de las almas.
La crónica de Francisco Peregil desde la mina chilena es burlona, como no podía ser de otra manera: el debate intraterráqueo entre el minero Ariel Ticona, devoto de la Candelaria, y su padre, Héctor, convertido al evangelismo, es pura teología popular, el contrapunto de la discusión de altos vuelos que emprenden científicos y teólogos en el otro artículo del periódico. Aquí, la autora –Mónica Salomone- no hace chanza de los argumentos de los entrevistados sino que parece obnubilada por la solemnidad de la cuestión: la existencia de Dios, el principio rector del Universo, la última pregunta… Pero, al fin, Peregil y Salomone hablan de lo mismo. O casi.
El Dios de Unwin, Wagensberg, Battaner y el descreído Hawking no obra milagros ni aparece en estampitas. Al ras del suelo, y más abajo, el esforzado monoteísmo de la religión cristiana se resquebraja en una cohorte de santos, vírgenes, beatos, mártires y querubines. La verdad revelada dicta que Dios es Uno (o, más exactamente, Tres en Uno) pero el pueblo, en connivencia con las autoridades eclesiásticas, tan caras a la adoración terrenal, han acabado transformando el cristianismo en un politeísmo encubierto.
Para ilustrar esta paradoja relataré una anécdota que me sucedió hace unos cuantos años en Nepal. Conocimos allí a un simpático oriundo, que nos contó que se había convertido al catolicismo, renegando del hinduismo: “En el hinduismo tenemos 300 millones de dioses, así que es un lío saber a cuál rezar en cada momento. En el cristianismo, en cambio, todo está más claro: sólo hay que pedir a Dios”. Tal vez nuestro amigo converso se hubiera convertido al judaísmo o a la cienciología de haber sabido que en Sevilla, por poner un caso, la virgen por la que hay que golpearse el pecho depende del lado del Guadalquivir en el que hayas nacido.
Los mineros chilenos harán bien confiando en la ciencia pero no deberían dejar de rezar. La probabilidad de un milagro es bastante elevada, concretamente sucede uno a cada persona cada 35 días, según el cálculo que hizo el matemático J.E. Littlewood en su libro “Una miscelánea matemática”. Siempre hay que poner una vela a Dios y otra al Diablo. (Y otra a la ciencia, por si fallan las dos primeras).

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