Logo Vodafone

Compartir en:

La invención de la lectura en silencio

San Ambrosio (340-397), ‘early adopter’ de la lectura silente.

Si ves a alguien leyendo en voz alta o, simplemente, moviendo los labios mientras lee probablemente concluyas que se trata de una persona poco instruida. El lector culto lee en silencio y el único movimiento detectable es el de sus pupilas recorriendo los renglones del escrito.

Pero esto no siempre fue así. De hecho, la lectura en voz alta precede a la lectura en silencio y ésta última sólo se generalizó bien entrado el siglo XV, coincidiendo nada casualmente con la invención de la imprenta. La lectura, o mejor dicho, el recitado eran un acto colectivo, en el que un lector interpretaba las palabras a un colectivo, generalmente iletrado.

El primer testimonio de la lectura silenciosa lo da San Agustín en el siglo IV de nuestra era, que se asombra de ver a San Ambrosio (entonces los santos se frecuentaban mucho entre sí) leyendo en soledad y en absoluto silencio: “Cuando leía sus ojos se desplazaban sobre las páginas y su corazón buscaba el sentido, pero su voz y su lengua no se movían”. Curiosamente, el santo italiano sólo leía en silencio en público, para evitar que los presentes interrumpieran su lectura con cuestiones, mientras en privado leía en voz baja, testimonia San Agustín.

No menos curiosa es la interpretación que el santo español daba de la curiosa lectura silente de su futuro colega de santoral. Si un contemporáneo interpretaría como falta de cultura la lectura en voz alta, ésta es la conclusión de San Agustín: “O también puede ser que le moviera a ello el cuidado de su voz, que la tenía propensa a quiebras continuas”.

El caso es que San Ambrosio era un adelantado, un ‘early adopter’ de una costumbre que acabaría imponiéndose…más de un milenio después. El historiador Paul Zumthor asegura que “la práctica de leer sólo con los ojos no parece haberse conocido antes del siglo XV”.

Visto en el libro ‘Entre la voz y el silencio. La lectura en los tiempos de Cervantes’, de Margit Frenk Alatorre.

Compartir en: