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Este extraño sistema de Ford pudo reemplazar al volante en los 60

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Hay una máxima que podríamos aplicar en prácticamente todos los aspectos de nuestra vida. Es aquella que dice que si algo funciona, ¿para qué cambiarlo? En la industria automovilística parecen tenerlo claro. Junto a las ruedas, hay otro elemento que ha permencido inalterable en los coches desde tiempos inmemoriales. Si bien en los más primitivos modelos había que girar hacía uno y otro lado con una palanca, nadie ha encontrado mejor forma de dirigir este medio de transporte que con un volante. Y propuestas para modificarlo no han faltando.

En la década de 1960, confluyeron en la industria automovilística firmas que pretendían poner en el mercado innovadores vehículos e ingenieros ávidos de ideas para lograrlo. Uno de ellos fue Robert J. Rumpf, un ingeniero aeroespacial que pasó de diseñar misiles en los albores de la Guerra Fría a desarrollar accesorios experimentales para los coches de Ford. El más sorprendente (y disparatado) fue el Wrist-Twist.

Con este artilugio, Rumpf tuvo la osadía de retar al clásico volante, para sustituirlo por otro que pudiéramos controlar con un solo giro de muñecas (de ahí su nombre). Situadas en ambos extremos de una barra cuya altura podían ajustar los conductores en función del tamaño de sus piernas, había dos ruedas de algo más de 12 centímetros de diámetro que los pilotos tenían que girar para dirigir el coche hacia la izquierda o hacia la derecha.

El propósito del ingeniero que pergeñó este peculiar sistema de dirección no era otro que hacer más cómodo el habitáculo del conductor, dotándolo de una mayor visibilidad de lo que había frente al vehículo y facilitar las maniobras a la hora de aparcar. De ahí que se pudiera regular la altura de este extraño volante: para tener más espacio entre las rodillas y el Wrist-Twist y poder conducir en una posición más confortable con los antebrazos apoyados.

Que no cunda el pánico. No quiere decir que con la parte izquierda de esta alternativa al volante tuviéramos que controlar la rueda izquierda y con la derecha su par. Ambas partes giraban al mismo tiempo con solamente girar una de ellas. En Ford, donde incluso hubo cierto entusiasmo con algunas de las ventajas que ofrecía el Wrist-Twist, decidieron incorporar este experimento al Mercury Park Lane de 1965. Ahí quedó todo.

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Hubo quien tuvo la oportunidad de probar estos mandos. Alex Markovich, que en 1965 escribía en la revista Popular Mechanics, tuvo entre sus manos esta peculiar forma de dirigir un coche. Reconocía que la posición que permitía adoptar este atípico volante era cómoda, pero le hacía sentirse extraño. “La visibilidad era espléndida, pero perdía el apoyo del volante”, reconocía Markovich.

No tenía el más mínimo reparo en reconocer que la sensación le provocaba auténtico pánico. “En la calle, me encontré conteniendo la respiración”, aseguraba. Es más, contaba que cada giro era un reto porque no terminaba de adaptarse al hecho de que, al contrario de lo que ocurre en los coches donde nuestra tendencia es a girar todo el cuerpo junto con el volante, aquí solamente tenían que actuar las muñecas.

Pese a esto, Markovich acabó por declararse un amante del Wrist-Twist. Tal fue la sensación que causó este invento entre algunos conductores que en 1968, tres años después de que se presentase el prototipo, había quien pensaba que todavía era viable que esta tecnología se acabara imponiendo en los vehículos. Finalmente, a las evidencias nos remitimos, no triunfó el experimento.

Quizá tuvo algo que ver en todo esto su peculiar forma de promoción. Asegurar en el documento audiovisual de presentación que el Wrist-Twist era tan sencillo que hasta una mujer podría manejarlo no fue buena idea. Por desgracia, en aquellos tiempos se estilaban estos mensajes sexistas.

Lo que sí quedó claro tras el experimento es que nunca fue buena idea el tratar de reinventar el volante. Después del disparatado invento de Robert J. Rumpf, llegaron otros extraños diseños. Sin ir más lejos, el que presidía el cuadro de mandos de KITT, el coche fantástico. Aquel volante era más propio de una nave espacial que de un coche, por muy genial que fuera. Y es que, si algo funciona, ¿que necesidad hay de estropearlo?

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Con información de Popular Mechanics (y 2), Motorpasion, Core77 y CarsCoops. Las imágenes de este artículo son propiedad de Popular Mechanics y Wikipedia (y 2).

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